29/05/2026
Rina acababa de terminar de ducharse cuando sonó el timbre.
En el lúgubre y viejo pasillo, abrió la puerta con desgana, aún envuelta en una toalla roja.
Se sorprendió al ver a un hombre de mediana edad, el Sr. Tanaka, de pie con su maleta a su lado. Sus rostros reflejaban la misma confusión, como si fueran un espejo.
—Disculpe, esta es la habitación 208, ¿verdad? —preguntó Tanaka, algo confundido, señalando el letrero recién colocado en la puerta—. Acabo de registrarme abajo.
Rina abrió los ojos con sorpresa. Se dio cuenta de que el Sr. Tanaka había usado la tarjeta equivocada o que el personal del hotel le había dado un número de habitación incorrecto. El nuevo letrero “208” desentonaba con la pared desgastada, como si lo hubieran colocado a toda prisa.
—No… esta es mi casa, la habitación 208 —respondió Rina con la voz temblorosa, intentando sujetar la toalla, que se aflojaba cada vez más.
Aquel momento incómodo pareció durar una eternidad. Tanaka miró fijamente la maleta marcada como “UNIDAD 208” y luego observó a la confundida Rina.
La situación se volvió aún más incómoda cuando una recepcionista del hotel, visiblemente nerviosa y que había visto al Sr. Tanaka subir, salió de la habitación 210 para averiguar qué estaba ocurriendo.
Finalmente, el malentendido se resolvió cuando la recepcionista descubrió que a Tanaka le habían asignado la habitación equivocada.
Sin embargo, aquel inesperado momento dejó una huella imborrable. La incómoda fotografía tomada frente a la puerta de la habitación 208 quedaría como el recuerdo eterno de un día en el que un pequeño error llevó a dos desconocidos a vivir una situación extremadamente incómoda.