18/09/2025
𝗘𝗟 𝗖𝗔𝗡𝗧𝗢 𝗗𝗘 𝗞𝗔𝗦𝗛𝗔𝗖𝗨𝗦𝗠𝗔𝗡 𝑳𝒆𝒚𝒆𝒏𝒅𝒂 𝒅𝒆 𝑶𝒚𝒐́𝒏
Escuchen, escuchen, hijos de la puna.
Escuchen, escuchen, hombres y mujeres de la tierra.
Porque las piedras hablan,
porque las lagunas guardan secretos,
y porque en lo alto de Patón
aún respira la memoria de un hombre convertido en roca:
Kashacusman.
Dicen que hace muchos siglos,
cuando los cóndores eran mensajeros del sol
y los zorros aún conversaban con los hombres,
vivía un humilde pastor.
No tenía oro ni plata,
sólo unas ovejas, unas alpacas,
y el amor de su esposa.
Ella era su alegría,
su compañía contra el frío de las madrugadas,
su voz que templaba el silencio de las montañas.
Pero un día, la desgracia descendió.
Cuando el sol se ocultaba entre cerros encendidos,
una oveja se perdió en los pastizales.
Ella siguió el riachuelo,
él bajó por las quebradas.
El destino los separó.
La mujer tropezó y cayó en las aguas,
y las aguas comenzaron a crecer,
a engordar como río embravecido,
a tragarse los pastos,
a tragar también la esperanza.
Kashacusman, desesperado,
clamó al zorro de las punas:
—¡Ayúdame, hermano!
Bebe estas aguas, devuélveme a mi esposa,
y a cambio tendrás mi mejor oveja.
El zorro bebió, bebió con furia,
se hinchó como un odre,
hasta que de tanto beber, reventó.
Pero la mujer no volvió.
En lugar de ella, quedó la laguna.
Una herida abierta en la tierra.
Una herida abierta en su corazón.
El pastor se quedó solo.
Y la soledad es un filo más agudo que el hielo.
Pasaban los días y las noches,
y el hombre callaba, caminaba, lloraba.
Su choza era pobre,
sus manos agrietadas,
su mirada perdida en las cumbres.
Hasta que un día ocurrió el prodigio.
Al volver del pueblo,
encontró su casa limpia como nunca,
su ropa tendida, su fogón encendido,
y una sopa humeante esperándolo.
El silencio era su única respuesta.
Al siguiente mes, ocurrió lo mismo.
Y otra vez, y otra vez.
Hasta que decidió espiar el misterio.
Fingió marcharse,
pero se ocultó tras una roca.
Entonces la vio.
¡Oh, maravilla de los dioses!
Del corazón mismo de la laguna
surgió una mujer de belleza sobrenatural.
Cabellos como ríos oscuros,
ojos como estrellas en agua profunda.
Era Rayhuana, espíritu de las aguas.
Ella caminó hasta su choza,
limpió, cocinó, ordenó,
y cuando él apareció ante ella,
no huyó, no gritó,
sino que habló con voz dulce y firme:
—He venido a devolverte la felicidad.
Admiro tu bondad, tu nobleza, tu silencio.
Si tú lo deseas, seré tu esposa.
Pero hay una condición:
nadie, nadie jamás debe saber que vivo aquí contigo.
Él aceptó.
¿Quién puede rechazar la felicidad
cuando ésta se ofrece entre lágrimas y soledad?
Y así vivieron juntos.
La alegría volvió a su rostro,
el ganado creció,
los pastores lo servían,
y en Oyón lo miraban con respeto.
Kashacusman, el antes pobre,
era ahora un hombre próspero y admirado.
Pero la boca del hombre es débil,
y el licor hace bailar las lenguas.
Una noche, en la chingana,
cuando el aguardiente ardía en su garganta,
rompió el silencio sagrado:
—¡Tengo a la mujer más hermosa del mundo!
¡Ella es mi esposa, ella me da fortuna!
Las risas lo celebraron,
los brindis se multiplicaron,
pero el eco de sus palabras viajó más lejos que él.
Al volver a su choza,
Rayhuana lo esperaba.
Su belleza brillaba con furia contenida,
sus ojos eran dos ríos tristes.
—Me prometiste silencio, Kashacusman.
¿Por qué lo quebraste?
¿Por qué entregaste nuestro secreto al viento?
Él lloró, suplicó, se arrodilló,
pero ya era tarde.
Rayhuana se iluminó como relámpago,
y volvió a hundirse en las aguas.
Desde ese día,
el pastor quedó vacío.
Dejó que su ganado muriera,
dejó que sus trabajadores lo abandonaran,
dejó que la miseria le cubriera otra vez.
Lo único que hacía era sentarse junto a la laguna,
llamando, llamando con voz desgarrada:
—¡Rayhuanaaaa! ¡Rayhuanaaaa!
Los niños lo apedreaban,
los perros lo acosaban,
pero él no los oía.
Su alma estaba atrapada en el agua.
Una tarde, el cansancio lo venció.
Durmió bajo el cielo helado,
y en sueños la vio.
Rayhuana estaba allí, llorando.
—No podemos estar juntos —le dijo—.
Los dioses no lo permiten.
Rompiste el pacto, y no hay regreso.
Pero hay un camino:
sube al cerro más alto,
mira la laguna desde lo alto,
y así, aunque no me toques,
me tendrás contigo para siempre.
Al despertar, con lágrimas todavía en sus ojos,
recogió sus pocas pertenencias
y subió a la cumbre.
Allí se sentó, mirando.
El sol le quemaba la piel,
el frío le partía los huesos,
el viento le rajaba los labios,
pero él no dejaba de mirar.
Día tras día, noche tras noche.
Miraba y llamaba.
Llamaba y lloraba.
Hasta que un amanecer ya no respiró más.
Su carne se endureció,
su cuerpo se volvió roca,
su figura quedó inmóvil frente a la laguna.
Así nació la piedra de Kashacusman,
vigía eterno de las aguas,
vigilante del amor perdido.
Y cuentan los abuelos,
que en noches de luna llena,
cuando la laguna brilla con verdes y azules,
una sirena surge de las profundidades.
Es Rayhuana,
que todavía responde al llamado de su amado de piedra.
Y entonces el viento lleva su nombre,
y las aguas lo repiten,
y los hombres lo recuerdan:
¡Kashacusman! ¡Kashacusman!
KASHACUSMAN se encuentra ubicada a 4,300 msnm y a solo 12 kilómetros del pueblo de Oyón. Por su costado pasa la carretera de penetración Oyón-Yanahuanca-Ambo.