30/09/2024
Entré al consultorio y la doctora ya tenía el cabezal del láser en la mano. “¿Cómo estás, Fonrouge?”, me dijo. “A ver si eliminamos esas manchitas de la frente de una vez”. Me indicó la camilla con un gesto de sus manos. Esta vez me llamó la atención que no llevara anillos. Tenía el perfil de quien disfruta de piezas caras, joyas que brillen, que hagan juego con su forma de estar en el mundo. Supuse que manipular aparatos o inyectar bótox no debe ser cómodo con las manos decoradas.
Subí a la camilla haciendo un gesto de dolor. “¿Qué te pasa?”, me preguntó. Le expliqué que tenía una contractura desde hacía semanas, A partir de los 40 el dolor es tan intenso como a los 20, pero ahora se instala durante días, un recordatorio constante de que el tiempo pasa, de que ya no puedo ignorarlo con un simple analgésico. Sedar el dolor es aplazarlo, y si lo niego, el dolor me va a esperar.
Mientras me colocaba unas gafas de astronauta, para proteger mis ojos del disparo, le pregunté: “¿A vos te duele el cuerpo?”. Se puso los anteojos bifocales e intenté adivinar su edad, calculando la curva de desgaste natural de la vista hasta el punto en que los ojos se rinden. Podía tener 56, pero también 45.
Se rió y, con un tiro de luz en la frente que me dejó herida, me dijo: “A mí me duele mirarlo, quedarme frente al espejo o ponerme un jean y ver cómo mi piel se arruga mientras lo subo, abrochar el botón y, a pesar de no tener panza , sentir que mi piel se desarma”. Pensé que lo de la panza no era un mérito de su genética ni del gimnasio sino de la tecnología. “Llega un momento, Baba”, me dijo, “en que no hay sustancia que alcance, eso es lo que me duele”.
No supe si era su dolor o el mío, pero ese disparo penetró hasta el hueso. Me imaginé como esos caballos de carreras, impecablemente peinados, con la cola alisada, la montura de cuero encerada y apretada, el mandil azul profundo aterciopelado, y el freno metálico que les da un aspecto aristocrático y triste. Con anteojeras que les impiden distraerse, obligándolos a ir solo hacia adelante. La fuerza de un cuerpo que corre contra el viento, contra el tiempo, contra lo que lleva puesto, sin más sentido que seguir corriendo.