03/12/2025
Cuando la universidad pública no es gratuita
El reloj marca la medianoche y Valentina todavía sostiene la aguja de crochet entre los dedos.
A un costado, sobre el piso frío, se apilan pulseras y pequeños amigurumis que deben estar listos para la feria del fin de semana. Entre ovillos de lana y cuadernos subrayados, la joven de 21 años repasa
mentalmente los temas de Psicología que tendrá examen a primera hora. Su jornada, como tantas
otras, transcurre entre aulas, voluntariados y estands improvisados donde vende las artesanías de su emprendimiento, SUNY Shop. La rutina se estira hasta rozar el agotamiento: tiempo, dinero y esfuerzo
parecen siempre insuficientes.
Aunque estudiar en una universidad pública en Bolivia no implica pagar mensualidades, los gastos indirectos sí tienen precio. Transporte, alimentación, materiales académicos y, desde la pandemia, el
costo del internet, convierten a la educación “gratuita” en un desafío económico. Según el Instituto
Nacional de Estadística, más del 60% de los universitarios del país combina sus estudios con trabajos temporales o emprendimientos informales para sostenerse.
Otros datos ayudan a dimensionar la presión económica: un informe de El Deber muestra que el 60%
de los estudiantes necesita más de 40 bolivianos por semana solo para transporte; en ciudades como
Cochabamba, alimentación y fotocopias pueden representar casi la mitad del gasto mensual.
La resiliencia de Valentina
“Recuerdo noches de ansiedad preparando piezas para las ferias y, al mismo tiempo, estudiando para
parciales”, cuenta Valentina, estudiante de octavo semestre de Psicología. Su emprendimiento nació
en 2019 en ferias juveniles y hoy funciona como su principal fuente de ingreso. Con lo que gana cubre transporte, materiales de estudio y un pequeño ahorro para su titulación.
“No hay equilibrio como tal, casi siempre es la vida loca”, confiesa entre risas cansadas. “Pero tener prioridades ayuda. Quiero ser psicóloga y también quiero que mi emprendimiento siga creciendo”.
Su experiencia no es excepcional. En su facultad, una amiga combina los estudios con presentaciones como mariachi para pagar apuntes y movilidad. Otros compañeros venden comida rápida o realizan
trabajos eventuales. “Creo que es parte de nuestra generación: estudiar y trabajar al mismo tiempo”,
añade.
Una realidad extendida en el país
La situación se repite en distintas regiones. Una crónica de El Deber describe cómo estudiantes
cruceños se convierten en “multioficios”: repartidores, asistentes, vendedores o trabajadores
eventuales que sacrifican carga académica para sostener un empleo. A nivel nacional, un estudio del
CEPIES (UMSA) revela que el costo por estudiante titulado en universidades públicas alcanzó los
181.304 bolivianos en 2020, cifra que refleja no solo la inversión estatal sino también los largos años que muchos jóvenes tardan en graduarse debido a problemas económicos.
El INE confirma este impacto: seis de cada diez universitarios trabajan para financiar sus estudios, lo
que prolonga su permanencia en las aulas y retrasa su titulación.
Para el economista boliviano Roberto Laserna, “los gastos invisibles —como transporte, alimentación y
materiales— generan una presión enorme en los hogares de clase media baja, que terminan
destinando un porcentaje importante de sus ingresos a mantener a un estudiante en la universidad
pública”.
La investigadora Teddy Catalán, coautora del estudio sobre el costo por titulado, coincide: “Las
universidades públicas deberían implementar políticas de apoyo económico más focalizadas. Los
estudiantes no abandonan por falta de capacidad académica, sino por la suma de costos indirectos
que enfrentan semestre a semestre”.
Pasada la medianoche, Valentina guarda la aguja y los amigurumis, apaga la lámpara y acomoda sus
apuntes para el día siguiente. Su doble vida —estudiante y emprendedora— es el reflejo silencioso de
miles de jóvenes bolivianos que sostienen el sueño universitario entre sacrificios, creatividad y
resiliencia. Porque en Bolivia, estudiar en la universidad pública no es estudiar gratis: los costos
indirectos marcan el camino de quienes, como Valentina, tejen su futuro entre horas de trabajo y
páginas subrayadas