31/07/2012
Aunque su rostro sugiera otra cosa nuestro cebadero es afortunado, los comensales tardaron poco en venir, tal vez dos semanas larguitas o menos. Repletos de luz, el plátano maduro y la papaya fresca con sus colores brillantes terminaron por seducir a los azulejos y demás tangaritas multicolores, a los mayos, a los toches, a los barranqueros y por supuesto a las ardillas que aunque no tienen alas parecen volar de rama en rama. Extrañamente también han crecido moras salvajes debajo del cebadero, llegaron ahí por su cuenta pues nosotros nunca las sembramos y por eso empezamos a intuir que aquí en la montaña casi todos podemos volar, quizás sólo falta encontrar el método de cada uno.