20/02/2026
Hoy en el evangelio, Jesús es interpelado sobre el ayuno, ¿por qué los discípulos de Jesús no ayunan? Y el Señor responde revelando algo íntimo: Él es el Esposo. No habla de normas, habla de amor. Mientras el Esposo está presente, el corazón celebra. Porque la fe no comienza con sacrificios, comienza con una relación viva con Cristo.
El cristianismo no es una lista de renuncias; es la alegría de saber que Dios camina contigo. El ayuno, entonces, no es tristeza ni rigidez. Es un lenguaje del amor. Cuando alguien ama, sabe esperar. Cuando alguien ama, sabe ofrecer. Cuando alguien ama, aprende a hacer espacio para el otro.
Pero Jesús también dice: “Vendrán días en que les quitarán al Esposo, y entonces ayunarán.” Hoy vivimos ese tiempo del que nos hablaba Jesús por eso ofrecemos el ayuno que nace del deseo, no es mortificación vacía, es hambre de Dios.
Es decirle: “Señor, nada me llena si Tú no estás.” Es entrenar el corazón para no apegarse a lo pasajero, para que solo Él sea nuestro centro.
Hoy pregúntate: ¿mi ayuno es costumbre o es amor? ¿Mis renuncias me acercan al Esposo o solo me hacen sentir fuerte? La Cuaresma no quiere endurecerte; quiere afinar tu deseo. Ayuna, sí… pero ayuna con el corazón puesto en Él. Porque cuando Cristo es tu alegría, incluso el sacrificio se vuelve encuentro.
María entendió este amor como nadie. Ella vivió cada renuncia como espacio para Dios. Supo guardar en silencio, supo esperar, supo ofrecer.
En su corazón no había vacío estéril, había disponibilidad total. Que ella nos enseñe a ayunar con ternura, no con dureza; con deseo, no con orgullo.