23/10/2015
En el mundo antiguo, la ropa interior que se utilizaba bajo las amplias capas de togas, no era reconocida como una prenda corriente de la indumentaria.
Antes del siglo XIX, la ropa interior (en caso de utilizarse) era muy simple, puesto que consistía en una camisa holgada y algún tipo de calzones de tela. En ciertos casos, formaba parte integrante de un atuendo particular. Como no se mostraban a nadie, en las prendas de ropa interior apenas revestían importancia el estilo y las hechuras. Una notable excepción, durante aquellos períodos en que la cintura y el busto de la mujer fueron artificialmente ceñidos y modelados, fue el corsé, creado para conseguir ese efecto.
Los historiadores de la moda registran un cambio importante en la ropa interior y en la actitud del público respecto a ella, alrededor del año 1830. La ropa interior adquirió mayor consistencia y longitud, y pasó a formar parte rutinaria del atuendo. Por primera vez en la historia, no llevar ropa interior implicó suciedad, descuido, grosera indiferencia a los buenos modales, e incluso moral licenciosa. Se cree que esta transformación fue el resultado de la confluencia de tres factores: el auge del pudor victoriano y sus correspondientes dictados en cuanto a la modestia en el atuendo; la aparición de telas más finas y ligeras, que por sí mismas invitaban a la confección de la ropa interior; y los conocimientos médicos acerca de los gérmenes que, combinados con el enfriamiento del cuerpo, producían enfermedades.
Este último factor tuvo un significado particular. Los médicos recomendaban evitar los “enfriamientos”, como si éstos fueran una entidad tangible como un virus, y entre el público se difundió un temor casi patológico a exponer cualquier parte del cuerpo, excepto el rostro, a un aire que se juzgaba cargado de gérmenes. Poco antes, Pasteur había demostrado su teoría de los gérmenes como causantes de enfermedades, y Lister promovía su campaña en favor de la asepsia en la medicina. Por así decido, el ambiente demandaba a voces la ropa interior.
Ésta era entonces blanca, generalmente almidonada, a menudo áspera y confeccionada casi siempre a base de batista, franela o calicó. Desde la década de 1860, la ropa interior femenina empezó a ser diseñada buscando en ella un atractivo, y en el año 1880 la seda se convirtió en la tela predilecta para este fin.
La ropa interior de lana, invariablemente áspera y picante, invadió Europa y América en la misma década, aupada por la profesión médica.