03/05/2022
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LA HISTORIA DE MUGUET
Cuenta la leyenda que el primero de mayo de 1967 un príncipe castellano regaló a su dulce princesa canaria dos ramitas de muguet (lirio de los valles), cuando siempre le había regalado una. Se habían desposado tres años atrás y construían su amor y su historia en tierras árabes, en una emblemática cuidad llamada Casablanca.
Aquella tierra, habiendo sido un protectorado francés en tiempos no lejanos, tenía adoptadas ciertas costumbres y tradiciones galas entre la población europea instalada allí. Una de ellas consistía en que el primero de mayo los hombres regalaban a las mujeres una ramita de muguet. La primavera se vestía de gala. Las calles sonreían al paso de todos esos hombres de rostro satisfecho que portaban en su mano la ramita de muguet para sus esposas, novias, madres, hermanas o amigas. Esa planta de florerillas blancas acampanadas, originaria de Japón e introducida en Europa en la Edad Media, no sólo simbolizaba la primavera sino que, según los celtas, poseía una propiedad mágica: era la flor de la suerte.
Muchos de aquellos hombres y mujeres, quizás nunca supieron el origen de aquel gesto. Quizás nunca supieron que en distintas pieles, en distintos años, y en distintos escenarios del país galo, esa función se repetía desde siglos atrás. Desde que el 1º de mayo de 1561 Carlos IX lo recibiera cómo deseo de buena suerte y decidiera regalarlo ese día a las damas de la corte. La tradición nacía. El muguet, en Francia, se coronaba cómo la reina de las flores cuando despertaba mayo. Los habitantes de Paris salían a los bosques a buscarla, comenzaron a venderse por las calles, en los 1900,s -durante años- los modistos lo ofrecían a sus trabajadoras y clientas? Y, así, aquel anuncio de la primavera, aquel talismán de la suerte, aquel mensajero del amor o la amistad, siguió soberano hasta hoy.
Quizás eso sea la auténtica magia. La ilusión que todavía se respira en Francia: sus calles llenas de puro blanco y deseos de buena suerte, y la nostalgia de esa semillita que crecía en el vientre de la princesa canaria, a la que estaba destinada aquella segunda ramita de muguet con el que el príncipe había llegado a casa aquel primero de mayo de 1967.
Aquella semilla creció. Y, una vez en el mundo, nunca le faltó su ramita de muguet. Su padre se la regalaba todos los años. Cuando tuvo que abandonar el seno familiar para formarse en tierras aragonesas, el príncipe compraba dos de igual manera, secaba el suyo, y se lo enviaba en un correo. Pero llegó el momento en que la enamorada pareja regreso a la vieja patria: a tierras de España. Allí no creía el muguet. No se conocía aquella tradición. Allí, el primero de mayo, el príncipe no podía regalar la ramita de muguet a su esposa y a su hija y comenzaron a regalarse la sonrisa del recuerdo.
Era una tradición, un gesto tonto, pero con el poder infinito de grabarse por siempre en el corazón. Eran tantas las evocaciones, y tantas las veces que aquella semilla hecha mujer hacía al muguet que, un año, una amiga que celebraba su boda el dos de mayo, hizo venir el muguet desde Francia para ponerlo en el lugar que le había designado en la mesa. Es tanto lo que esa planta de propiedades reales o imaginarias es capaz de reforestar en el alma que, hoy en día, todos aquellos hombres y mujeres, que antaño compraban y recibían el muguet por las calles de Casablanca y se encuentran lejos de esa posibilidad, quieren siguen reproduciendo la escena enviándolo con el hada mensajera del correo electrónico.
En Francia lo llaman el muguet porte-boheur. "Porte-bonheur" traducido literalmente no es ?porta-suerte?, sino ?porta-felicidad? y es eso: felicidad, al margen del esoterismo, lo aporta en cada recuerdo, en cada momento tierno vivido. En la suerte que aquella semilla tuvo de conocerlo, de vivirlo, y de tener a su lado un padre y un hermano que aun siguen regalando flores y nunca olvidaron el color de los pequeños detalles. Un padre y un hermano que, hoy, cuando la vean, le regalaran -a ella y a su madre- el acostumbrado muguet. Un muguet distinto, el que nace de su deseo de haber podido ofrecerlo. El nacido nacido de la fantasía y que, incluso, tendrá hasta aroma.
Hoy, madrugadora y armada con la azada de la imaginación, aquella semilla ha querido sembrar de muguet una playa donde todo es posible, un libro de arena en el que todo puede suceder. Y, así, que cada uno de los visitantes que se acerquen a su orilla, pueda llevarse una brizna de buena suerte. Y que nadie le hable de negocio o de ?el día de la floristería?. Aquella costumbre brotó de un detalle. Y los detalles hacen vida, historia, recuerdos, ilusión? y magia.