09/03/2021
Seguimos con historias que han inspirado alguna de nuestras colecciones y los retratos que dibujó Celia de sus protagonistas.
"Carlota"
Domingo. Calle Balmes, un segundo segunda en una finca antigua. Sorprendentemente, la puerta de entrada está pintada de color rojo con un ribete azul. Es un piso grande, las estancias dan a un jardín interior muy frondoso, precioso, y los cantos de los pájaros lo envuelven todo.
Ayudamos a Carlota. Debe vaciar el piso de su tía Teresita. Era sastresa, se pasó la vida haciendo uniformes militares, era soltera. Pasamos una tarde tranquila, riendo mientras nos probábamos abrigos de comandante del ejército de tierra o uniformes de marina, supusimos que eran encargos que nadie recogió. Celia mueve las cajas llenas de botones dorados y de ovillos de hilo para bordar; en el fondo de un armario encuentra una caja grande de cartón lila, con una libélula pintada en la tapa, que le llama la atención. La abre: botones de nácar, de madera tallada, trozos pequeños de chantilly, de tules con pedrería, unas plumas, unas hojitas de colores hechas a mano con sedas… Nos llama, es extraño, ¿qué hacía con eso? Que misterio. Al atardecer, Carlota ya ha separado todo lo que quiere conservar y lo vamos bajando al coche. Con el coche ya cargado, subimos por última vez a cerrar las ventanas y puertas del piso. Antes de partir, Carlota, que sigue intrigada, nos dice “¡esperad!, el altillo”. “¿Qué altillo?” le preguntamos. La tía Teresita tenía un altillo donde, cuando Carlota era pequeña, le decía que guardaba un tesoro, y cuando ella le preguntaba “¿qué tesoro?”, su tía le respondía: “el tesoro de mis sueños”. “Ya no me acordaba” dice Carlota mientras se dirige hacia el fondo del piso. Y sí, en el altillo encontramos un tesoro: patrones y muestras de piezas maravillosas, llenas de delicadeza, tan sofisticadas, tan femeninas, en tejidos que ya no se hacen, con detalles, pasamanerías, plumas y pedrerías que ahora serían casi imposibles de encontrar. Y también hay una libreta. Carlota empieza a leer. Al poco rato las lágrimas se le escapan sin que se dé cuenta. Celia empieza a notar la falta de aire, siempre que encuentra algo que le emociona, un trabajo que le llega al alma, le pasa lo mismo. Aquellas piezas son preciosas y la historia de la tía Teresita resulta ser la historia de un amor que, al ser imposible ofrecérselo a él, dedicó a unas piezas creadas pensando en todas las ocasiones especiales que imaginaba que habría vivido a su lado.
Cuando estábamos a punto de irnos, con la emoción aún a flor de piel, al ir a cerrar la última ventana, una libélula entró como atraída por la luz, nos sobrevoló a los tres y volvió al jardín de donde había venido.
Lo cerramos todo, bajamos y nos fuimos en el coche. No nos dijimos nada en mucho rato.