16/06/2026
Dicen que somos guerreras, pero pocas veces hablan de lo cansadas que también estamos.
Porque amar a un hijo con discapacidad es inmenso, pero también lo es el desgaste físico, mental y emocional que vivimos cada día.
Hay días en los que siento que puedo con todo, y otros en los que apenas puedo conmigo misma.
No estoy en duelo por mi hijo. Lo amo exactamente como es. Pero sí he tenido que despedirme de algunas expectativas y aprender a abrazar una realidad diferente.
Y aunque hoy me siento en paz con nuestra vida, hay momentos que todavía pesan.
Porque a veces veo a otros niños y recuerdo todo lo que imaginé para mi hijo. No es envidia ni deseo de tener otra vida; es el dolor silencioso de soltar aquello que soñé alguna vez.
No vivo triste por su diagnóstico, pero sí cansada de la incertidumbre. Cansada de no saber qué sigue, de tomar decisiones constantemente y de tener la mente ocupada entre terapias, citas médicas y todo lo que implica cuidar de él.
Es una sensación difícil de explicar, porque al mismo tiempo me siento tranquila. Mi hijo está bien, y eso es lo más importante.
A veces me siento agotada, y eso no significa que ame menos ni que desee una vida distinta. Solo significa que soy humana.
Porque ser mamá de un niño con discapacidad no significa ser una superheroína. Significa amar profundamente, adaptarse todos los días y seguir adelante incluso cuando el cansancio pesa.
No me define la perfección. Me define el amor con el que sigo aquí, un día a la vez.
Pasitos de Angel