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La mujer que siempre llegaba tardeEn la colonia todos conocían a Mariana.Era amable, educada y siempre saludaba a los ve...
26/08/2026

La mujer que siempre llegaba tarde

En la colonia todos conocían a Mariana.

Era amable, educada y siempre saludaba a los vecinos.

Pero había algo extraño en ella.

Todos los días llegaba a su casa exactamente a las 11:47 de la noche.

Ni un minuto antes.

Ni un minuto después.

Al principio nadie le dio importancia.

Hasta que una vecina comenzó a notar algo.

Mariana nunca llegaba sola.

Siempre se bajaba de un automóvil negro que se detenía unos metros antes de su casa.

El conductor jamás se bajaba.

Y Mariana nunca hablaba con él frente a los vecinos.

Solo caminaba hasta su puerta, entraba…

y cerraba las cortinas.

Una noche, la vecina decidió quedarse despierta para observar.

A las 11:47, como siempre, apareció el automóvil.

Mariana bajó.

Pero esa noche ocurrió algo diferente.

Antes de entrar a su casa, miró hacia la ventana de la vecina.

Y sonrió.

La vecina sintió un escalofrío.

Porque estaba segura de que Mariana sabía que la estaban observando.

Al día siguiente, el automóvil no apareció.

Tampoco Mariana.

Pasaron dos días.

Luego tres.

Hasta que una patrulla llegó a la colonia.

Los policías preguntaron por ella.

La vecina, nerviosa, contó todo lo que había visto.

Uno de los oficiales se quedó en silencio.

Después preguntó:

—¿Está segura de que la mujer que vio era Mariana?

—Claro. La conozco desde hace años.

El policía sacó una fotografía.

—¿Entonces quién es esta?

La vecina tomó la foto.

Era Mariana.

Pero había algo que no entendía.

La fotografía tenía una fecha de hacía ocho años.

Y Mariana aparecía exactamente igual.

El oficial entonces le explicó algo que la dejó helada.

La verdadera Mariana había desaparecido ocho años atrás.

Nunca encontraron su cuerpo.

Nunca supieron qué había ocurrido.

Y desde entonces…

cada cierto tiempo, alguien aseguraba verla regresar a casa.

Siempre a las 11:47.

Siempre en el mismo automóvil negro.

Y siempre mirando hacia las ventanas.

La vecina volvió a su casa esa noche.

Cerró las cortinas.

Apagó las luces.

Y se fue a dormir.

Pero a las 11:47 escuchó un automóvil detenerse frente a su casa.

No quiso mirar.

Hasta que recibió una notificación en su teléfono.

Era una fotografía enviada desde un número desconocido.

La imagen mostraba su propia ventana.

Tomada desde afuera.

Y debajo había un mensaje:

“Esta noche te tocó a ti.”

Ver a mi hermano como as3sin0 en las noticias es muy impactante. El tenía ese carisma natural y sabía hacer amigos rápid...
24/08/2026

Ver a mi hermano como as3sin0 en las noticias es muy impactante. El tenía ese carisma natural y sabía hacer amigos rápido. Trabajaba de gerente en un bar de la Roma, aquí en la Ciudad de México, y siempre estaba rodeado de gente, música y, sobre todo, mujeres.

Yo lo admiraba. De verdad. Él me cuidaba mucho, era celoso con mis novios, el típico hermano mayor protector. Vivíamos juntos en un departamento que nos dejaron mis papás cuando se mudaron a provincia. La dinámica era sencilla: yo trabajaba de día en una oficina y él vivía de noche.

Todo cambió hace unos tres años. Él andaba con una chica, llamémosla “Ana”. Ana era divina, súper alegre, pero mi hermano decía que era “inestable”. “Es que, flaca, tú no la ves cuando estamos solos”, me decía mientras desayunábamos. “Se pone muy mal, dice que se quiere matar, que sin mí no es nada”. Yo le creía. ¿Por qué no le iba a creer a mi hermano? Él era el sensato, el fuerte.

Un domingo por la mañana, mi hermano llegó a casa pálido y temblando. “Se mató…”, me dijo con los ojos llenos de lágrimas. “Ana se mató en mi departamento”. Ojo, él a veces se quedaba en casa de ella o ella venía al departamento.

Fue un shock. Fui con él al velorio. Lo vi llorar abrazado al ataúd y consolar a la mamá de Ana diciéndole que él había intentado salvarla, que había tratado de convencerla de ir a terapia. Todo el mundo le decía: “Pobre, qué tragedia. Él la amaba tanto”.

Pero hubo algo que en ese momento no me cuadró y aun así lo dejé pasar. Mientras abrazaba a la mamá de Ana, vi que mi hermano tenía unos rasguños en el cuello. Le pregunté bajito: “¿Qué te pasó ahí?”. Él me susurró: “Fue ella… cuando la encontré, intenté bajarla y, en la desesperación, me rasguñé con su collar”. Le creí. Te juro que le creí.

Pasó un mes. Yo esperaba ver a mi hermano deprimido, tirado en la cama, sin ganas de hacer nada. Pero a las tres semanas ya estaba saliendo de fiesta otra vez. “Tengo que distraerme, flaca. Ana no hubiera querido verme triste”, me decía mientras se ponía loción cara para irse al bar.

Y a los dos meses llegó “Clara”. Clara era diferente a Ana. Más tímida, más reservada. Cuando la llevó al departamento, sentí una incomodidad horrible. ¿Cómo podía empezar una relación tan rápido después de una tragedia así? Pero mi hermano era encantador. En las comidas familiares la trataba como reina. Le servía el refresco, le partía la carne y le acariciaba el pelo. Sobre todo eso, le encantaba su pelo. Clara tenía una melena negra, larguísima, preciosa, y mi hermano siempre se la chuleaba: “Mira qué pelo tan hermoso tiene mi mujer”.

Ahí empezaron las cosas que yo no quise ver al principio. Un día llegué temprano de la oficina porque me sentía mal. Entré al departamento y escuché gritos. Eran ellos. Mi hermano le gritaba: “¡Es que eres una estúpida!”. Esa forma de hablarle me sorprendió porque nunca lo había escuchado así. Después le gritó: “¡Si te vas, te matas! ¡Nadie te va a querer como yo!”. Me quedé parada en la sala sin saber qué hacer. Después hubo silencio y escuché que algo se rompió. Me metí a mi cuarto y le puse seguro.

A la media hora, mi hermano tocó a mi puerta y me preguntó: “Flaca, ¿ya llegaste? Vamos a pedir pizza. Clara y yo invitamos”. Salí con miedo y ahí estaban los dos en la sala, abrazados viendo la tele como si nada. Pero Clara tenía los ojos hinchados y le faltaba un mechón de pelo. Lo tenía cortado de un lado. Le pregunté: “¿Qué te pasó en el cabello?”. Mi hermano se rio y me contestó: “Se le atoró en el cierre de la chamarra, qué mensa. Tuvimos que cortarlo”. Clara no dijo nada, solo bajó la mirada. Yo sabía que eso no había sido un cierre.

Las semanas pasaron y la actitud de mi hermano cambió. Dejaba de ser el “alma de la fiesta” en casa y se volvía controlador. Si Clara no le contestaba el teléfono, golpeaba las paredes. Pero en redes sociales subía fotos con ella y escribía cosas como “El amor de mi vida” o “Juntos por siempre”.

Lo más raro fue que empezó a limpiar su cuarto con cloro. Mi hermano siempre había sido un desastre, pero de repente se volvió muy cuidadoso con la limpieza. El cuarto olía a cloro casi todo el tiempo. Cuando le preguntaba por qué, me decía: “Es por higiene, flaca. No seas mugrosa”.

Y luego pasó lo de Clara. Un fin de semana no llegó a la comida familiar. Mi mamá preguntó: “¿Y Clara?”. Mi hermano siguió cortando su bistec y contestó con toda calma: “Terminamos. Resulta que está loca, igual que Ana. Me amenazó con que se iba a hacer daño si la dejaba. Yo ya no puedo con mujeres así, mamá. Tengo mala suerte”. Mi mamá lo abrazó y le dijo: “Ay, mijito, te tocan puras loquitas”.

Pero yo no le creí. Esa noche no pude dormir. Me metí al perfil de Facebook de Clara. Su última conexión había sido hacía dos días. Le mandé un mensaje que decía: “Hola, ¿estás bien?”. No le llegó.

A los tres días, mi hermano se fue a trabajar al bar. Yo sabía que no iba a regresar hasta la madrugada. Quería saber si Clara estaba bien, si de verdad habían terminado o si había pasado algo. Entré a su cuarto. Todavía olía a cloro y a su loción fuerte.

Empecé a revisar los cajones. Había ropa, condones, tickets del bar y otras cosas normales. No encontré nada. Pero seguía pensando en Clara, así que busqué en el clóset. Me subí a una silla para alcanzar la parte de arriba, donde guardaba las maletas y las cosas de invierno. Hasta atrás había una caja de zapatos vieja, de esas de marca deportiva.

La bajé y la abrí. Adentro no había zapatos. Había cosas personales. Encontré una credencial de elector, la de Ana, la novia que supuestamente se había suicidado. También había un celular con la pantalla rota y varios mechones de cabello.

Eran mechones largos, amarrados con ligas rojas. Reconocí el tono castaño claro de Ana. También reconocí el negro de Clara, incluido el mechón que supuestamente se había atorado en el cierre. Y había otro mechón rubio que no sabía de quién era.

Me temblaban las manos. Saqué el celular roto y, por suerte, todavía tenía batería. Lo prendí y no tenía contraseña. Entré a los mensajes. El último mensaje enviado parecía un borrador escrito por mi hermano. Decía: “Ya cállate. Si sigues llorando te va a pasar lo mismo que a la otra”.

Después encontré las fotos. Había varias de Clara dormida. En una de ellas se veía una marca morada en su cuello.

En ese momento escuché la llave en la puerta del departamento. Mi hermano había llegado temprano.

“¿Flaca?”, gritó desde la sala.

Casi se me cae la caja. Guardé todo como pude, volví a poner la caja arriba del clóset y me bajé de la silla. El celular de Clara me lo metí en la bolsa del pantalón. Salí del cuarto y cerré la puerta.

Él estaba en la cocina sacando una cerveza. Me miró y luego se quedó viendo mi cara. “Estás muy pálida. ¿Qué tienes?”, me preguntó mientras tomaba de la botella. Le dije: “Nada… me cayó mal la comida”. Entonces me preguntó: “Oye, ¿no viste mis tenis negros? Juraría que estaban arriba en el clóset”.

Me quedé quieta. “No… no he entrado a tu cuarto”, mentí. Él sonrió, pero fue una sonrisa diferente. “Ah, va. Voy a bañarme”, dijo.

En cuanto escuché la regadera, salí del departamento. Corrí hasta una estación de policía y les entregué el celular. Les conté de la caja, de los mechones de cabello y de la credencial de Ana. Al principio no parecían tomarme muy en serio, pero cuando revisaron las fotos del celular y vieron la identificación de Ana, cambiaron de actitud.

Esa misma noche allanaron el departamento. Mi hermano no opuso resistencia. Cuando lo sacaron esposado, según me contaron, iba sonriendo.

Encontraron a Clara. No quiero entrar en detalles, pero mi hermano había intentado hacer parecer que ella se había suicidado en el baño, igual que Ana. La autopsia encontró señales que no coincidían con esa versión. Después relacionaron los mechones de cabello con las mujeres que habían estado con él.

También descubrieron quién era la dueña del mechón rubio. Era una exnovia de mi hermano de hacía años que supuestamente se había “mudado al extranjero”. Nunca se había ido. Hoy mi hermano está en el reclusorio. A veces me llegan cartas suyas. No las abro. Las quemo.

Lo que más me duele no es saber lo que hizo. Lo que más me duele es recordar cuántas veces lo defendí, cuántas veces creí que él era la víctima y cuántas veces vi a esas chicas tristes y pensé que estaban exagerando.

Yo vivía en el mismo departamento que él y nunca imaginé lo que estaba haciendo. Todo cambió cuando encontré aquella caja y entendí que las mujeres que él llamaba “locas” no eran como él decía.
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Esta historia está basada en el caso "Mat4novias" adaptador por May Anécdotas. Todos estos relatos están disponibles en video en el canal de "May Anécdotas".

Mi cita de Tinder me invitó a la playa y su tío panza chelera me detonóTodo sucedió hace dos años. Yo tenía 19 años y ac...
19/08/2026

Mi cita de Tinder me invitó a la playa y su tío panza chelera me detonó

Todo sucedió hace dos años. Yo tenía 19 años y acababa de terminar una relación que me había dejado bastante dolida. Mis amigas, como buenas amigas, tuvieron la brillante idea de decirme:

—Descárgate Tinder, necesitas distraerte.

Y yo, que en ese momento tenía cero ganas de pensar con claridad, les hice caso.

No quiero sonar presumida, pero tuve muchísimos matches. Al principio solamente deslizada perfiles por aburrimiento, hasta que empecé a hablar con un chico que no me parecía nada mal.

Después de unos días hablando, salió el tema de conocernos. Él me propuso algo que, visto desde la distancia, ahora me parece una pésima idea: irnos un fin de semana a la playa.

Yo tenía 19 años, estaba recién soltera y claramente mi sentido común estaba de vacaciones antes que yo.

Como todavía vivía con mis papás, tuve que inventar toda una historia. Les dije que la familia de una amiga me había invitado a una fiesta en otro pueblo y que me quedaría a dormir allá.

Mi amiga, para mi desgracia futura, aceptó cubrirme.

Todo estaba perfectamente planeado.

O eso creía.

Quedamos de vernos a las 10 de la noche en una gasolinera. Él pasaría por mí en el auto de sus papás.

Llegaron las 10.

Nada.

10:30.

Nada.

11:00.

Yo ya estaba sentada con cara de “¿en qué momento acepté esto?”

Entonces me llamó desde otro número.

Me explicó que había chocado el auto de sus papás y que, como castigo, no lo habían dejado salir.

Yo estaba furiosa.

No solamente había hecho toda una mentira para poder salir, sino que además había gastado lo poco que llevaba y ahora estaba prácticamente varada. Tampoco podía simplemente regresar a mi casa porque mis papás descubrirían que la famosa fiesta nunca había existido.

Después de discutir un rato, él dijo que buscaría una solución.

Y ahí apareció su tío.

El famoso tío.

Me dijo que pasaría por mí y que podía quedarme en una habitación de su casa.

Cuando llegó, yo esperaba encontrarme con un señor de cincuenta y tantos años.

Pero no.

Tenía alrededor de 30.

Era ese tipo de hombre al que mis amigas probablemente describirían como un “chavo ruco con panza chelera”.

Y lo peor fue que durante el camino empecé a contarle absolutamente todo.

Le expliqué que había conocido a su sobrino en Tinder, que supuestamente íbamos a ir a la playa, que había mentido en mi casa y que ahora estaba ahí porque el id**ta había chocado el carro.

El tío se empezó a reír.

Después me dijo:

—Pues si ya te prometieron playa, yo te llevo.

Yo pensé que estaba bromeando.

No estaba bromeando.

Dos horas después estaba frente al mar con el tío del chico con el que supuestamente iba a tener una cita.

La situación ya era tan absurda que parecía una película.

Y entre algunas copas, conversaciones, risas y esa sensación de “esto definitivamente no debería estar pasando”, terminamos comportándonos como una pareja que llevaba meses junta.

Incluso nos tomamos una foto besándonos en la playa.

La foto existe.

Si alguien hubiera visto esa imagen sin contexto, habría pensado que éramos una pareja de vacaciones.

Parecíamos recién casados en luna de miel…

Y, como si la noche todavía no tuviera suficiente material para arruinarme la vida, terminamos poniéndole de apodo Calamardo al niño.

Sí.

No sé cómo llegamos a eso.

A la mañana siguiente todo parecía una anécdota extraña que probablemente nunca volvería a repetirse.

Hasta que el tío me llevó de regreso.

Antes de despedirnos, me soltó una bomba:

Tenía esposa.

Y un hijo.

Yo me quedé completamente congelada.

Todo el encanto de la noche se convirtió en una mezcla de vergüenza, culpa y la sensación de haber participado involuntariamente en un desastre familiar.

Después de hablarlo, acordamos no contarle nada a nadie.

Yo regresé a mi casa intentando actuar como si nada hubiera pasado.

Y entonces vino la segunda parte de la historia.

Días después finalmente conocí en persona al famoso chacal de Tinder.

Y para mi desgracia, sí me gustó.

El problema era que cada vez que estaba cerca de él, mi cabeza hacía lo que mejor sabe hacer: recordarme al tío.

Cuando nos besábamos, me acordaba de aquella noche.

Cuando hablábamos, pensaba en la playa.

Y cuanto más intentaba ignorarlo, peor me sentía.

Empecé a sentir un remordimiento horrible.

Porque aunque él no sabía absolutamente nada, yo sí sabía.

Y cada vez que lo veía sentía que estaba actuando.

Así que hice lo único que se me ocurrió para recuperar un poco de paz mental:

Lo bloqueé.

Tiempo después intentó contactarme desde otro número.

No respondí.

Nunca le conté lo que había pasado.

Y hasta el día de hoy espero que jamás descubra que aquella noche que supuestamente iba a ser su cita conmigo terminó convirtiéndose en una de las historias más absurdas de mi vida.

Porque sinceramente…

¿Qué probabilidades había de que el hombre con el que iba a salir se quedara en casa castigado, su tío fuera por mí, me llevara a la playa y terminara siendo él quien me dejara confundida?

Tinder definitivamente no era lo que yo esperaba.

Y desde entonces aprendí una cosa:

Si una cita empieza con una mentira, un choque, un tío desconocido y una gasolinera a las 10 de la noche… probablemente no va a terminar bien.

Chismografía — Mi esposo pidió el divorcio frente a toda mi familiaNunca imaginé que mi matrimonio terminaría de esa man...
17/08/2026

Chismografía — Mi esposo pidió el divorcio frente a toda mi familia

Nunca imaginé que mi matrimonio terminaría de esa manera.

Llevábamos nueve años juntos y, aunque últimamente las cosas no estaban bien, yo pensaba que era una crisis más. De esas que cualquier matrimonio atraviesa.

Tenemos dos hijos y una vida construida juntos.

O eso creía.

Todo comenzó un domingo en casa de mis padres.

Habíamos organizado una comida familiar. Estaban mis papás, mis hermanos, mi cuñada y hasta mi suegra, que normalmente nunca iba porque decía que las reuniones familiares la cansaban.

Ese día, sin embargo, insistió en acompañarnos.

Ahora entiendo por qué.

Durante la comida noté que mi esposo estaba extraño.

Casi no hablaba.

No tocaba la comida.

Y cada vez que alguien le preguntaba algo, respondía con monosílabos.

Mi mamá me preguntó discretamente:

—¿Está enojado contigo?

Yo solamente sonreí.

—No, seguramente está cansado.

Después de comer, mi papá comenzó a hablar de unas vacaciones familiares que querían organizar.

Todos estaban emocionados.

Hasta que mi esposo dejó el vaso sobre la mesa.

—Tenemos que hablar.

La conversación se detuvo.

Pensé que iba a decir que no podía ir de vacaciones.

Pero entonces me miró.

Y dijo:

—Quiero divorciarme.

Sentí que me habían golpeado.

No entendía lo que estaba pasando.

Mi mamá se quedó completamente callada.

Mi hermano se levantó de la silla.

—¿Qué acabas de decir?

Mi esposo respiró profundamente.

—Ya no quiero seguir con este matrimonio.

Yo no podía hablar.

Entonces mi suegra hizo algo que jamás voy a olvidar.

Agachó la cabeza.

Como si ya supiera todo.

La miré.

—¿Tú sabías?

No respondió.

Y ese silencio me confirmó que había algo más.

Comencé a preguntar.

Primero a mi esposo.

Después a mi suegra.

Y finalmente a mi cuñada.

Hasta que mi hermano soltó una frase que hizo que todo tuviera sentido:

—¿Esto tiene que ver con lo que pasó hace seis meses?

Miré a mi hermano.

—¿Qué pasó hace seis meses?

Nadie respondió.

Entonces descubrí que mi esposo llevaba meses hablando con mi propia familia sobre nuestro matrimonio.

Pero lo peor no era eso.

Mi esposo decía que se había cansado de mí.

Que yo había cambiado.

Que ya no era la mujer de la que se enamoró.

Sin embargo, había algo que nadie me había contado.

Mi suegra había estado presionándolo para que se divorciara.

¿La razón?

Quería que él vendiera la casa que teníamos a nuestro nombre y se quedara con el dinero.

Pero todavía faltaba una pieza.

Dos días después encontré unos mensajes en una vieja tablet que mi esposo había olvidado en casa.

Y ahí descubrí que mi suegra no era la única persona involucrada.

Mi cuñada también sabía todo.

Incluso había ayudado a mi esposo a buscar un departamento.

Cuando enfrenté a mi esposo, solamente dijo:

—No quería hacerte daño.

Le respondí:

—Entonces debiste tener el valor de decírmelo en privado, no esperar a estar frente a toda mi familia.

Ese día entendí que mi matrimonio probablemente llevaba mucho tiempo terminado.

Yo simplemente era la última persona en enterarme.

Y lo más extraño de todo…

Es que una semana después de pedir el divorcio, mi esposo volvió a buscarme.

Pero esta vez no venía solo.

Venía con su abogado.

Y con una propuesta que hizo que entendiera por qué había tanta gente interesada en que nuestro matrimonio terminara.

Pero esa parte de la historia… todavía no se la he contado a nadie.

“Mi vecino salía todas las noches… y su esposa sabía por qué”Desde que llegué a esa colonia había algo que me llamaba la...
13/08/2026

“Mi vecino salía todas las noches… y su esposa sabía por qué”

Desde que llegué a esa colonia había algo que me llamaba la atención.

Todos conocían a todos.

La señora de la esquina sabía quién había llegado nuevo, los niños sabían qué vecino tenía problemas con su esposa y, si alguien recibía una visita después de las diez de la noche, al día siguiente ya había tres versiones diferentes de lo que había pasado.

Yo siempre me reía de eso.

Hasta que el chisme me tocó a mí.

Mi vecino se llamaba Daniel. Tendría unos 38 años y llevaba casi diez años casado con Mariana. Tenían una hija adolescente y, desde afuera, parecían una familia completamente normal.

Daniel trabajaba en un taller durante el día y normalmente llegaba a su casa alrededor de las siete.

Pero aproximadamente un mes antes de que todo comenzara, empezó a cambiar.

Llegaba, cenaba rápidamente y, cerca de las once de la noche, volvía a salir.

La primera vez pensé que tenía algún pendiente.

La segunda también.

Pero cuando empecé a verlo salir todas las noches a la misma hora, algo me pareció extraño.

Una noche estaba sacando la basura cuando lo vi salir.

—¿Todavía trabajas a estas horas? —le pregunté en tono de broma.

Daniel sonrió nerviosamente.

—Sí, me salió un trabajo extra.

No le di importancia.

Hasta que lo vi estacionar su camioneta dos calles después de su casa.

Y ahí fue cuando me pareció todavía más raro.

¿Por qué dejaría su camioneta tan lejos?

Lo observé desde mi ventana.

Daniel bajó, miró hacia atrás y caminó hasta una casa pequeña de color azul.

Tocó dos veces.

Una mujer abrió la puerta.

Daniel entró.

Me quedé pensando durante varios minutos.

Al día siguiente, obviamente, ya tenía mi propia teoría.

Daniel estaba engañando a Mariana.

Y cuando uno vive en una colonia como la mía, una teoría así no dura mucho tiempo siendo un secreto.

Pero entonces ocurrió algo que no esperaba.

Al día siguiente, mientras yo estaba tendiendo ropa en la azotea, Mariana apareció.

Me preguntó:

—¿Tú has visto salir a Daniel últimamente?

Me quedé congelada.

—Pues… sí. Algunas noches.

Ella bajó la mirada.

—¿Y sabes a dónde va?

No sabía qué contestar.

Así que le dije la verdad.

Le conté lo de la camioneta y la casa azul.

Mariana no pareció sorprendida.

Eso fue lo que más me inquietó.

En lugar de enojarse, solamente respiró profundamente y me dijo:

—Por favor, no le digas que sabes.

Yo pensé:

“Entonces sí lo sabe.”

Antes de irse, Mariana agregó:

—Y tampoco te acerques a esa casa.

Aquello me dejó peor.

Porque si ella sabía que Daniel iba ahí, ¿por qué no lo confrontaba?

Durante los siguientes días intenté olvidarme del asunto.

Pero una noche escuché un automóvil detenerse frente a la casa azul.

Me asomé.

Y esta vez no era Daniel.

Era Mariana.

La vi bajar del automóvil.

Miró hacia ambos lados y entró exactamente en la misma casa.

Ahí sentí un escalofrío.

Al día siguiente fui a buscarla.

No pude aguantarme.

—Mariana, ¿qué está pasando?

Me miró durante unos segundos.

Después cerró la puerta detrás de ella.

—¿Viste que fui a esa casa?

Asentí.

—Entonces ya no tiene sentido seguir ocultándolo.

Me quedé esperando.

Mariana me contó que Daniel llevaba meses yendo a esa casa.

Pero no para ver a otra mujer.

La persona que vivía ahí era su hermano menor, Andrés.

Hacía años que la familia había perdido contacto con él.

Andrés había tenido problemas muy serios y nadie sabía exactamente dónde estaba.

Daniel lo había encontrado por casualidad.

Y desde entonces iba todas las noches a llevarle comida, dinero y medicamentos.

Mariana lo sabía desde el principio.

Pero había algo más.

Algo que Daniel ni siquiera sabía que ella había descubierto.

Según Mariana, Andrés había aparecido después de años porque necesitaba entregarle algo a Daniel.

—¿Qué cosa? —pregunté.

Mariana sacó un sobre de su bolso.

Estaba viejo, doblado y tenía el nombre de Daniel escrito a mano.

—Esto.

Me dijo que Andrés se lo había entregado unos días antes.

Yo no debía leerlo.

Pero antes de guardarlo, Mariana me dejó ver una sola frase escrita en la parte de atrás:

“Él tiene que saber lo que pasó aquella noche.”

Le pregunté qué había ocurrido aquella noche.

Mariana solamente respondió:

—Eso es lo que todavía no sé.

Dos días después, la casa azul amaneció vacía.

Andrés había desaparecido.

Daniel llegó a la casa desesperado.

Y Mariana me contó que el sobre también había desaparecido.

Desde entonces, Daniel sigue saliendo algunas noches.

Pero ahora ya no va a la casa azul.

Y hace tres días, mientras regresaba del trabajo, vi algo que todavía no sé cómo interpretar.

Una camioneta idéntica a la de Daniel estaba estacionada frente a una casa abandonada al final de la colonia.

La puerta estaba abierta.

Y alguien estaba parado dentro.

Alguien que se parecía muchísimo a Andrés.

No sé si realmente era él.

No me acerqué.

Pero desde aquella noche, Daniel ya no sale solo.

Y Mariana dejó de hablar conmigo.

Lo único que sé es que algo pasó aquella noche de la que habla la carta.

Y por la forma en que Daniel reaccionó cuando desapareció su hermano…

creo que él sabe mucho más de lo que nos está contando.

¿Qué pasó aquella noche?

Eso todavía nadie en la colonia lo sabe.

Y quizá sea mejor así.

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