24/08/2026
Ver a mi hermano como as3sin0 en las noticias es muy impactante. El tenía ese carisma natural y sabía hacer amigos rápido. Trabajaba de gerente en un bar de la Roma, aquí en la Ciudad de México, y siempre estaba rodeado de gente, música y, sobre todo, mujeres.
Yo lo admiraba. De verdad. Él me cuidaba mucho, era celoso con mis novios, el típico hermano mayor protector. Vivíamos juntos en un departamento que nos dejaron mis papás cuando se mudaron a provincia. La dinámica era sencilla: yo trabajaba de día en una oficina y él vivía de noche.
Todo cambió hace unos tres años. Él andaba con una chica, llamémosla “Ana”. Ana era divina, súper alegre, pero mi hermano decía que era “inestable”. “Es que, flaca, tú no la ves cuando estamos solos”, me decía mientras desayunábamos. “Se pone muy mal, dice que se quiere matar, que sin mí no es nada”. Yo le creía. ¿Por qué no le iba a creer a mi hermano? Él era el sensato, el fuerte.
Un domingo por la mañana, mi hermano llegó a casa pálido y temblando. “Se mató…”, me dijo con los ojos llenos de lágrimas. “Ana se mató en mi departamento”. Ojo, él a veces se quedaba en casa de ella o ella venía al departamento.
Fue un shock. Fui con él al velorio. Lo vi llorar abrazado al ataúd y consolar a la mamá de Ana diciéndole que él había intentado salvarla, que había tratado de convencerla de ir a terapia. Todo el mundo le decía: “Pobre, qué tragedia. Él la amaba tanto”.
Pero hubo algo que en ese momento no me cuadró y aun así lo dejé pasar. Mientras abrazaba a la mamá de Ana, vi que mi hermano tenía unos rasguños en el cuello. Le pregunté bajito: “¿Qué te pasó ahí?”. Él me susurró: “Fue ella… cuando la encontré, intenté bajarla y, en la desesperación, me rasguñé con su collar”. Le creí. Te juro que le creí.
Pasó un mes. Yo esperaba ver a mi hermano deprimido, tirado en la cama, sin ganas de hacer nada. Pero a las tres semanas ya estaba saliendo de fiesta otra vez. “Tengo que distraerme, flaca. Ana no hubiera querido verme triste”, me decía mientras se ponía loción cara para irse al bar.
Y a los dos meses llegó “Clara”. Clara era diferente a Ana. Más tímida, más reservada. Cuando la llevó al departamento, sentí una incomodidad horrible. ¿Cómo podía empezar una relación tan rápido después de una tragedia así? Pero mi hermano era encantador. En las comidas familiares la trataba como reina. Le servía el refresco, le partía la carne y le acariciaba el pelo. Sobre todo eso, le encantaba su pelo. Clara tenía una melena negra, larguísima, preciosa, y mi hermano siempre se la chuleaba: “Mira qué pelo tan hermoso tiene mi mujer”.
Ahí empezaron las cosas que yo no quise ver al principio. Un día llegué temprano de la oficina porque me sentía mal. Entré al departamento y escuché gritos. Eran ellos. Mi hermano le gritaba: “¡Es que eres una estúpida!”. Esa forma de hablarle me sorprendió porque nunca lo había escuchado así. Después le gritó: “¡Si te vas, te matas! ¡Nadie te va a querer como yo!”. Me quedé parada en la sala sin saber qué hacer. Después hubo silencio y escuché que algo se rompió. Me metí a mi cuarto y le puse seguro.
A la media hora, mi hermano tocó a mi puerta y me preguntó: “Flaca, ¿ya llegaste? Vamos a pedir pizza. Clara y yo invitamos”. Salí con miedo y ahí estaban los dos en la sala, abrazados viendo la tele como si nada. Pero Clara tenía los ojos hinchados y le faltaba un mechón de pelo. Lo tenía cortado de un lado. Le pregunté: “¿Qué te pasó en el cabello?”. Mi hermano se rio y me contestó: “Se le atoró en el cierre de la chamarra, qué mensa. Tuvimos que cortarlo”. Clara no dijo nada, solo bajó la mirada. Yo sabía que eso no había sido un cierre.
Las semanas pasaron y la actitud de mi hermano cambió. Dejaba de ser el “alma de la fiesta” en casa y se volvía controlador. Si Clara no le contestaba el teléfono, golpeaba las paredes. Pero en redes sociales subía fotos con ella y escribía cosas como “El amor de mi vida” o “Juntos por siempre”.
Lo más raro fue que empezó a limpiar su cuarto con cloro. Mi hermano siempre había sido un desastre, pero de repente se volvió muy cuidadoso con la limpieza. El cuarto olía a cloro casi todo el tiempo. Cuando le preguntaba por qué, me decía: “Es por higiene, flaca. No seas mugrosa”.
Y luego pasó lo de Clara. Un fin de semana no llegó a la comida familiar. Mi mamá preguntó: “¿Y Clara?”. Mi hermano siguió cortando su bistec y contestó con toda calma: “Terminamos. Resulta que está loca, igual que Ana. Me amenazó con que se iba a hacer daño si la dejaba. Yo ya no puedo con mujeres así, mamá. Tengo mala suerte”. Mi mamá lo abrazó y le dijo: “Ay, mijito, te tocan puras loquitas”.
Pero yo no le creí. Esa noche no pude dormir. Me metí al perfil de Facebook de Clara. Su última conexión había sido hacía dos días. Le mandé un mensaje que decía: “Hola, ¿estás bien?”. No le llegó.
A los tres días, mi hermano se fue a trabajar al bar. Yo sabía que no iba a regresar hasta la madrugada. Quería saber si Clara estaba bien, si de verdad habían terminado o si había pasado algo. Entré a su cuarto. Todavía olía a cloro y a su loción fuerte.
Empecé a revisar los cajones. Había ropa, condones, tickets del bar y otras cosas normales. No encontré nada. Pero seguía pensando en Clara, así que busqué en el clóset. Me subí a una silla para alcanzar la parte de arriba, donde guardaba las maletas y las cosas de invierno. Hasta atrás había una caja de zapatos vieja, de esas de marca deportiva.
La bajé y la abrí. Adentro no había zapatos. Había cosas personales. Encontré una credencial de elector, la de Ana, la novia que supuestamente se había suicidado. También había un celular con la pantalla rota y varios mechones de cabello.
Eran mechones largos, amarrados con ligas rojas. Reconocí el tono castaño claro de Ana. También reconocí el negro de Clara, incluido el mechón que supuestamente se había atorado en el cierre. Y había otro mechón rubio que no sabía de quién era.
Me temblaban las manos. Saqué el celular roto y, por suerte, todavía tenía batería. Lo prendí y no tenía contraseña. Entré a los mensajes. El último mensaje enviado parecía un borrador escrito por mi hermano. Decía: “Ya cállate. Si sigues llorando te va a pasar lo mismo que a la otra”.
Después encontré las fotos. Había varias de Clara dormida. En una de ellas se veía una marca morada en su cuello.
En ese momento escuché la llave en la puerta del departamento. Mi hermano había llegado temprano.
“¿Flaca?”, gritó desde la sala.
Casi se me cae la caja. Guardé todo como pude, volví a poner la caja arriba del clóset y me bajé de la silla. El celular de Clara me lo metí en la bolsa del pantalón. Salí del cuarto y cerré la puerta.
Él estaba en la cocina sacando una cerveza. Me miró y luego se quedó viendo mi cara. “Estás muy pálida. ¿Qué tienes?”, me preguntó mientras tomaba de la botella. Le dije: “Nada… me cayó mal la comida”. Entonces me preguntó: “Oye, ¿no viste mis tenis negros? Juraría que estaban arriba en el clóset”.
Me quedé quieta. “No… no he entrado a tu cuarto”, mentí. Él sonrió, pero fue una sonrisa diferente. “Ah, va. Voy a bañarme”, dijo.
En cuanto escuché la regadera, salí del departamento. Corrí hasta una estación de policía y les entregué el celular. Les conté de la caja, de los mechones de cabello y de la credencial de Ana. Al principio no parecían tomarme muy en serio, pero cuando revisaron las fotos del celular y vieron la identificación de Ana, cambiaron de actitud.
Esa misma noche allanaron el departamento. Mi hermano no opuso resistencia. Cuando lo sacaron esposado, según me contaron, iba sonriendo.
Encontraron a Clara. No quiero entrar en detalles, pero mi hermano había intentado hacer parecer que ella se había suicidado en el baño, igual que Ana. La autopsia encontró señales que no coincidían con esa versión. Después relacionaron los mechones de cabello con las mujeres que habían estado con él.
También descubrieron quién era la dueña del mechón rubio. Era una exnovia de mi hermano de hacía años que supuestamente se había “mudado al extranjero”. Nunca se había ido. Hoy mi hermano está en el reclusorio. A veces me llegan cartas suyas. No las abro. Las quemo.
Lo que más me duele no es saber lo que hizo. Lo que más me duele es recordar cuántas veces lo defendí, cuántas veces creí que él era la víctima y cuántas veces vi a esas chicas tristes y pensé que estaban exagerando.
Yo vivía en el mismo departamento que él y nunca imaginé lo que estaba haciendo. Todo cambió cuando encontré aquella caja y entendí que las mujeres que él llamaba “locas” no eran como él decía.
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Esta historia está basada en el caso "Mat4novias" adaptador por May Anécdotas. Todos estos relatos están disponibles en video en el canal de "May Anécdotas".