Terraza Sierra Madre

Terraza Sierra Madre Terraza para eventos.

23/11/2025
22/11/2025

"🦞 Langostas en Salsa Cremosa de Ajo y Mantequilla 🧄🧈

Ingredientes:

- 4 colas de langosta
- 4 dientes de ajo, picados
- 100 g de mantequilla
- 200 ml de crema de leche
- 2 cucharadas de jugo de limón
- 2 cucharadas de perejil fresco, picado
- Sal y pimienta al gusto

Instrucciones:

1. Preparar las colas de langosta: Precalienta el horno a 200°C. Con un cuchillo afilado, corta las colas de langosta por la parte superior, a lo largo, para exponer la carne. Coloca las colas en una bandeja para hornear.

2. Hacer la salsa: En una sartén grande, derrite la mantequilla a fuego medio. Agrega el ajo picado y sofríe durante 1-2 minutos, hasta que esté fragante pero no dorado.

3. Añadir la crema: Incorpora la crema de leche a la sartén y mezcla bien. Cocina a fuego lento durante unos 3-4 minutos, revolviendo ocasionalmente, hasta que la salsa espese ligeramente.

4. Sazonar: Agrega el jugo de limón, el perejil picado, sal y pimienta al gusto. Mezcla bien para combinar todos los sabores.

5. Bañar las colas de langosta: Vierte la salsa cremosa de ajo y mantequilla sobre las colas de langosta, asegurándote de que queden bien cubiertas.

6. Hornear: Coloca la bandeja en el horno y hornea durante 12-15 minutos, o hasta que la carne de langosta esté opaca y cocida.

7. Servir: Retira del horno y decora con un poco más de perejil fresco. Sirve caliente, acompañado de arroz o una ensalada fresca para disfrutar de esta deliciosa y lujosa receta.

Consejos adicionales: Puedes agregar un poco de queso parmesano rallado a la salsa antes de hornear para un sabor extra. Acompaña el plato con rodajas de limón para un toque fresco. ¡Disfruta de tu exquisita langosta!"

24/07/2025

“Nadie lo miraba... hasta que él les enseñó a todos a amar” ❤️

Durante años, Flavio solo conoció la indiferencia, el frío del pavimento y el sabor del hambre. Vivía entre las sombras de Guadalajara, México, buscando entre la basura algo que calmará su estómago y trozos de cariño que nadie parecía dispuesto a darle. Lo llamaban "el perro sucio", "el callejero", "el que estorba en la banqueta". Era invisible. Un fantasma con cuatro patas, escapando de los golpes y sobreviviendo a la indiferencia.
Flavio dormía bajo una banca oxidada, en una esquina cercana a una escuela. Desde ahí, veía a los niños jugar, reír, compartir. Soñaba —quizá sin entenderlo— con pertenecer. Una mañana, decidió, acercarse más de lo habitual. Algunos niños gritaron. Una maestra intentó ahuyentarlo. Pero una niña, de ojos grandes y mochila azul, se agachó frente a él, le ofreció parte de su torta y lo llamó con una voz suave: “Ven, chiquito”.
Ese fue el primer día de muchos.
Flavio no volvió a irse. Comenzó a seguir a los niños durante el recreo, a acompañarlos hasta la puerta, a acostarse junto a ellos durante las clases al aire libre. Nunca ladraba. Solo miraba con esos ojos enormes, llenos de gratitud y amor. Poco a poco, el rechazo inicial se transformó en costumbre, y la costumbre en cariño. Le compraron croquetas. Le pusieron una camita improvisada junto a la dirección. Los niños lo bañaban con cubetas los viernes. Lo llamaron “Flavio”, como el personaje de un libro que hablaba de nobleza y valentía.
Pasaron los años. Flavio creció junto a una generación entera. Los vio llorar por exámenes, enamorarse en los pasillos, reír a carcajadas en el recreo, y soñar con el futuro. Se convirtió en el guardián silencioso del patio, el compañero fiel de una escuela que ya lo sentía parte de su historia.
Y entonces llegó la graduación.
La generación 2018-2024 se despedía... y alguien preguntó: “¿Y Flavio?”
Los maestros, conmovidos, decidieron que Flavio también debía tener su momento. Prepararon un diploma especial con su nombre, y el día de la ceremonia, una niña lo llevó al escenario con un listón en el cuello. La directora, entre lágrimas, dijo:
— Hoy se gradúa alguien que nos enseñó a ser humanos. Flavio, este también es tu día.
El auditorio explotó en aplausos. Flavio, con su cola moviéndose como un torbellino de alegría, recibió su diploma mientras los niños gritaban su nombre. Fue un momento que rompió cualquier barrera entre especie y corazón.
📽️ El video de su graduación se volvió viral. Más de 4.6 millones de personas han llorado con la historia del perrito que nadie quiso al principio, pero que terminó ganándose el amor de todos. En redes lo llaman "el graduado del alma", "el mejor alumno de México", y miles comparten su historia como ejemplo de empatía, redención y segundas oportunidades.
Pero lo más importante no fue el diploma, ni el aplauso, ni el video.
Fue que Flavio, el perro que un día fue invisible, ahora vive rodeado de amor. Hoy duerme en una casa con uno de los maestros de la escuela, donde ya no le falta comida, caricias ni un lugar al que llamar hogar. ❤️

24/07/2025
24/07/2025
23/07/2025

Get ready to enjoy a bite of comfort in every crispy with these picadillo empanadas!

20/07/2025

En una plaza del centro, justo donde los turistas se detienen a tomar fotos y los oficinistas cruzan con prisa, había un niño que siempre estaba dibujando. Usaba un cuaderno viejo, de esos que ya casi no tienen hojas, y un lápiz mordido hasta la mitad.

No vendía nada. No pedía nada. Solo dibujaba.

A veces la gente pasaba y le dejaba unas monedas. Pero él no las tocaba. Esperaba a que la persona se alejara y luego, con cuidado, las devolvía al lugar donde las habían dejado.

Una señora, al verlo hacer eso varias veces, se acercó y le preguntó por qué.

—Porque no estoy aquí para pedir —le dijo—. Estoy practicando. Quiero aprender a dibujar bien, y algún día vivir de eso.
Mi mamá me enseñó que no tengo que andar pidiendo, que aunque no tengamos mucho, todavía puedo tener dignidad.

La señora se fue con el corazón apretado. A la mañana siguiente, volvió con un estuche lleno de colores y una libreta nueva. No se los regaló como limosna. Se los dio con una condición: “Cuando seas famoso, me vas a firmar uno de tus dibujos”.

Y así, poco a poco, otros se fueron acercando. No para darle cosas, sino para verlo dibujar, para preguntarle qué hacía, para escucharlo decir que algún día quería hacer retratos en una galería… o tal vez ilustrar libros.

Una tarde, un joven fotógrafo le tomó una foto. Lo subió a redes sociales con la frase: “No pide. Se prepara.” La imagen se volvió viral.

Le llovieron mensajes. Le ofrecieron entrevistas, becas, patrocinios. Pero él pidió solo una cosa: una clase. Una sola, con alguien que supiera más que él.

Hoy, algunos años después, ese niño sigue dibujando. Pero ya no en la plaza, sino en su pequeño taller, donde cuelgan cuadros hechos por sus propias manos.

No quiso monedas.
Quiso herramientas.

No pidió ayuda.
Pidió aprendizaje.

Y eso hizo toda la diferencia.

-Susana Rangel 🎨☕️✍️💬

20/07/2025
10/10/2024
09/10/2024

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