14/05/2026
Cuando el ciudadano tiene que ir al Senado para ser escuchado
Por Juan Tovar
En Nayarit hay algo más peligroso que una disputa legal: la sensación creciente de que el ciudadano común está completamente indefenso cuando el poder decide avanzar, eso es lo verdaderamente grave del caso de la familia Guzmán Franco.
Porque esto ya dejó de ser únicamente un conflicto de tierras, el tema escaló a nivel nacional, llegó a medios nacionales y terminó siendo expuesto desde el Senado de la República. Y cuando una familia necesita llegar hasta ese nivel para sentirse escuchada, entonces el problema ya no es privado: es institucional.
La frase de la senadora Ivideliza Reyes no fue casualidad:
“Lo que está pasando en Nayarit ya cruzó demasiadas líneas.”
Y tiene razón en algo fundamental: el miedo social empieza a crecer cuando las personas sienten que la ley no pesa igual para todos.
Ese es el verdadero daño
No importa cuántos comunicados existan ni cuántas explicaciones técnicas aparezcan después. Cuando una familia denuncia abuso, intimidación y despojo frente a cámaras nacionales, mientras las instituciones parecen incapaces de generar confianza, la percepción pública cambia por completo, porque la gente no analiza expedientes judiciales, la gente observa señales.
Y la señal que hoy recibe mucha gente en Nayarit es preocupante: que enfrentar al poder puede costarte tranquilidad, patrimonio y hasta seguridad.
Por eso el tema conecta!
Porque detrás del caso Guzmán Franco hay algo mucho más profundo: el temor de que cualquier ciudadano pueda quedarse solo frente a estructuras políticas, jurídicas o económicas demasiado grandes para defenderse. Ahí es donde la oposición encontró terreno fértil y sería ingenuo pensar que no habrá politización, claro que la hay, la política vive de convertir casos sensibles en símbolos públicos.
Pero también sería un error minimizar lo que esto refleja.
Cuando un asunto local termina exhibido en el Senado de la República, no es porque el sistema esté funcionando perfectamente, es porque alguien dejó de confiar en las instancias locales.
Y eso debería preocupar más que cualquier discurso político.
Porque al final, lo más delicado no es quién gane la narrativa. Lo verdaderamente grave es que cada vez más nayaritas empiezan a sentir que la justicia depende menos de la ley… y más de quién tiene el poder.