27/04/2026
“Dios nunca falla”
Sabemos esta frase, la hemos escuchado muchas veces… pero, ¿realmente la entendemos? ¿Está escrita en nuestro corazón y guardada en nuestra mente?
Como seres humanos fallamos. Tenemos luchas, enfrentamos tentaciones… simplemente pecamos (Romanos 3:23). Y al pecar, le fallamos principalmente a Dios, que es lo más importante. Muchas veces, ese pecado también trae consecuencias y terminamos dañando a quienes nos rodean.
Habrá personas que nos fallarán, que nos herirán y causarán dolor en nuestra vida. Pero la pregunta es: ¿cómo vamos a reaccionar ante eso?
Ellos fallan… Dios no 🤍
Dios no tiene por qué pagar las consecuencias de lo que otros hacen. En esos momentos difíciles, debemos orar y acercarnos más a Él.
Cuando nosotros le fallemos a alguien, debemos orar y pedir perdón sinceramente. Así reflejamos a Cristo en nuestra vida y nos ponemos a cuentas con Dios.
¿Y cuando le fallamos a Dios?
Debemos confesar nuestros pecados, apartarnos de ellos y aferrarnos aún más a Él. Tristemente, es a Dios a quien más le fallamos… y no debería ser así. Porque si estamos apartados de Él, ¿qué fruto bueno podremos dar?
Por eso fallamos tanto a otros, tomamos malas decisiones y nos desviamos: porque no estamos siendo leales a Dios. Y si no somos fieles a Él, difícilmente lo seremos con alguien más.
Aun así, mientras otros nos fallan o nosotros fallamos, Dios permanece fiel. Él no falla, porque es justo y misericordioso.
Entonces, ¿por qué en medio de las dificultades dejamos de orar?
¿Por qué dejamos de leer la Biblia?
¿Por qué dejamos de congregarnos?
Dios nos llama a vivir en obediencia y reverencia. Si no lo hacemos, no podemos esperar que nuestro caminar con Cristo vaya bien.
Es momento de ponernos a cuentas con Él, de acercarnos de verdad, para dejar de fallarle a Dios y también a nuestro entorno. Recordando siempre que cualquiera puede fallar, incluso nosotros mismos… pero Él nunca fallará. Él siempre permanecerá fiel.