14/04/2026
Vengo de días de confrontación.
De conversaciones incómodas, de mirarme de frente sin suavizar lo que necesitaba ver.
Me permití sentir: enojarme, frustrarme, entristecerme…
pero también fui muy clara conmigo.
No me quedé más tiempo del necesario en un lugar que ya sabía que tenía que transformar.
Hace muchos años hice un compromiso conmigo:
no solo sentir… también observarme.
Escucharme.
Preguntarme con honestidad:
¿qué me está pasando?, ¿por qué me está pasando?, ¿qué hay en mí que se está moviendo?
Y eso incluye todo.
Observar cómo me siento,
pero también observar lo que pasa a mi alrededor.
Mis perros, por ejemplo.
Sus encuentros, sus tensiones, sus momentos de calma.
Cuándo se confrontan… y cuándo no.
Y darme cuenta de algo que hoy me hace mucho sentido:
muchas veces, lo que pasa afuera también me está hablando de mí.
Nada es casualidad cuando eliges mirar.
Porque sí, es una elección.
Y yo elegí hacerme cargo de mí.
Sin importar cuánto tiempo tome.
Sin exigir respuestas inmediatas.
Confiando en que, si sigo observando, si sigo presente… la respuesta siempre llega.
Y llega.
A veces días después.
A veces años después.
Pero llega.
Hace unos días pedí una respuesta.
La pedí clara, como siempre lo hago.
Y llegó.
Y en medio de todo, también me senté a mirar a mi perro con otros ojos.
Pensé durante mucho tiempo que conocía su historia…
pero solo conocía una parte.
La del rescate.
La de cuando llegó a mí.
Pero no todo lo que vino antes.
No sus miedos completos, no sus memorias, no todo lo que lo hizo ser quien es.
Y entendí que hay procesos que no siguen el tiempo… siguen el alma.
Y ahí me vi.
Me di cuenta de que durante años también miré mi historia solo por partes.
Especialmente esos años en los que tuve que sostenerme sola, sobrevivir, endurecerme, salir adelante como fuera.
Creí que ya estaba resuelto.
Pero no.
Solo había visto una parte.
Hoy, finalmente, me senté conmigo desde otro lugar.
Y entonces lo entendí:
Esa versión mía que hizo todo lo posible por sacarnos adelante…
no estaba equivocada.
Era necesaria.
Zelma de 17, de 19…
gracias.
Gracias por ponernos a salvo.
Gracias por hacer lo que tuviste que hacer, como pudiste, con lo que tenías.
No importa cómo haya sido…
hoy estamos aquí.
Y hoy… estamos en paz.
Ya no necesito que sigas al mando.
Hoy me toca vivir desde otro lugar.
Desde el aprendizaje.
Desde la liberación.
Desde la paz.
He sido muchas versiones de mí.
Y hoy elijo soltar las que ya cumplieron su propósito,
para darle espacio a quien hoy soy… y a quien también estoy por descubrir.
Y también gracias.
A quienes han estado.
A quienes han escuchado mi historia una y otra vez, incluso cuando esa repetición era mi forma de sostenerme, de defenderme, de entenderme.
Gracias por la paciencia.
Por la presencia.
Por suavizar el camino.
Gracias a mis amigas,
a las que han caminado conmigo desde hace años,
y a las que siguen aquí.
Gracias al hombre que hoy acompaña este proceso,
que a su manera me recuerda mi fuerza,
que confía en mí…
y que también me enseña a encontrar equilibrio:
a no irme a los extremos,
a no soltarme por completo… pero tampoco a cargarlo todo sola.
Aún hay cosas que sigo aprendiendo a mirar:
en mi historia, en mis vínculos, en mi familia, en mi forma de amar.
Y está bien.
Voy paso a paso.
Soy humana.
Y estoy en el camino.
No busco convencer a nadie.
Pero si mi camino, en algún punto, despierta en alguien la inquietud de mirarse más profundo, entonces todo esto también tiene sentido.
Porque al final, crecer no es cambiar por otros…
es regresar a ti, cada vez con más verdad.