06/05/2026
Mi Señor y mi Dios, Jesucristo… hoy no vengo a pedirte nada, vengo a quedarme.
A habitar el silencio contigo, a reposar en tu presencia como quien descansa en un refugio eterno, y a recordar que no necesito comprenderlo todo para que tu paz abrace mi alma.
Hoy me detengo… dejo de correr tras lo que aún no florece, y en ese descanso descubro que la vida, en tus manos, fluye suave, sin esfuerzo, como un río que conoce su destino.
No quiero forzar caminos, Señor; quiero confiar en aquellos que Tú trazas con amor y sabiduría perfecta para mi.
A veces mi mente se llena de ruido, de prisa, de preguntas sin respuesta… pero aún allí, en medio de la inquietud, estás Tú: presente, fiel, guiando con signos delicados que solo el alma en calma puede reconocer.
Enséñame a escucharte con paciencia, a mirarte con fe, a caminar con serenidad, sin temer a los cambios que también son parte de tu obra.
Si algo se detiene, que mi corazón comprenda que es lección.
Si algo avanza, que reconozca que es tu tiempo perfecto.
Hoy elijo agradecer… por lo que tengo, por lo que aún no llega, y por todo aquello que, en tu amor, ya no necesito.
Comprendo, Señor, que cada paso —incluso los inciertos— me acerca a tu propósito eterno.
Ya no busco entenderte… solo anhelo sentirte, vivirte, permanecer en Ti.
Gracias, Señor, por quedarte cuando me pierdo.
Gracias por la paz que llega sin anunciarse, como brisa suave que acaricia el alma.
Gracias por recordarme que soltar no es perder… sino volver a Ti, donde todo encuentra su sentido, su descanso y su plenitud.