10/12/2025
Coser no es un acto romántico.
Quien lo hace todos los días lo sabe.
El hilo a veces se truena, las tijeras a veces ya no cortan,
hay proyectos que se quedan semanas
esperando a que por fin tengamos cabeza para terminarlos.
Coser también es confrontarse.
Porque la tela no miente:
si te tiembla la mano, se nota;
si estás cansada, se nota;
si estás triste, también.
La máquina no tiene tacto,
pero sí una precisión brutal.
A veces me pregunto por qué sigo aquí,
contando puntadas mientras el resto del mundo corre.
Y luego me acuerdo:
porque en la costura sí existe un espacio
donde las cosas se resuelven si les das tiempo.
No inmediato, no perfecto,
pero avanzan.
Y a veces eso basta para salvar el día.
Las personas que cosemos aprendimos
a vivir entre decisiones pequeñas:
un milímetro arriba, uno abajo;
descoser lo que no funciona;
intentarlo otra vez sin hacer escándalo.
Así construimos todo:
proyectos, días buenos, días malos,
y hasta nuestra propia forma de resistir.
Hay quienes creen que coser es un talento,
cuando en realidad es una mezcla
de paciencia, disciplina
y esa terquedad necesaria para no rendirse
cuando la tela se rehúsa a cooperar.
Por eso, si tú que lees esto
estás cansada, atrasada o dudando de ti,
te digo algo sin adornos:
sigues aquí, y eso ya es una fuerza.
No todas las batallas se ganan peleando,
algunas se ganan puntada por puntada,
a puerta cerrada,
cuando decides no abandonar tu mesa de trabajo.
No sé qué estés cosiendo hoy,
pero sé que lleva mucho más que hilo.
Y que aunque nadie lo aplauda,
tiene valor.
Tú tienes valor.
Y eso no se puede descoser 🪡🩷
Atte: Jim 🩷🪡