08/05/2022
UN DIA EN LA ANTIGUA ROMA
Quienes visitaban la ciudad de Roma , no dejaban escapar la ocasión para tomar un baño en las grandiosas termas de Caracalla, ver una carrera de cuádrigas en el circo Máximo o ir de compras al mercado de Trajano situado en el foro de su mismo nombre , el cual estaba distribuido en seis niveles y llegó a albergar 150 tiendas.
( el primer centro comercial de la historia ).
El Foro era el núcleo de la ciudad. Los patricios iban allí cada día en litera con su séquito para ocuparse de los asuntos de tribunales o del senado.
Los viajeros accedían a la ciudad a través de diecisiete puertas abiertas en la muralla que Aureliano había mandado construir en el año 271 para proteger la capital de las incursiones bárbaras. Una de las más frecuentadas era la Porta Ostiensis. Quienes viajaban por mar desembarcaban en Ostia (Roma tenía un puerto fluvial, pero allí sólo se transportaban mercancías), donde tomaban un carro de pasajeros tirado por mulas, (la cisia) que los acercaba a la capital por la vía Ostiense en menos de dos horas.
En el trayecto en carro, se alcanzaban a ver las salinas del Tíber y los cientos de esclavos y bueyes que servían para arrastrar río arriba las pequeñas naves cargadas con los productos necesarios para abastecer las necesidades de una ciudad densamente poblada.
En su época de mayor esplendor, Roma llegó a contar con más de un millón de habitantes.
Conforme el viajero se acercaba a la ciudad, podía ver las numerosas tumbas situadas a ambos lados de la vía Apia y tal vez, tropezaba con algún cortejo fúnebre precedido por flautistas y plañideras, que guiaba al difunto y a sus familiares y amigos hasta el sepulcro.
Sin duda, no dejaría de fijarse en una tumba en forma de pirámide erigida por un liberto adinerado del siglo I ac, justo al lado de la puerta. Allí mismo dejaría el carro en la estación de cambio -mutatio- cercana a la puerta de la muralla, en la que se podía dar de beber y de comer a los animales antes de emprender el camino de regreso con nuevos pasajeros, y acto seguido, se adentraba en la bulliciosa metrópoli.
Antes de empezar a callejear, si lo requería, el viajero podía aliviarse en los retretes públicos, letrinas situadas junto a la puerta de la muralla y comer algo en alguna de las numerosas posadas (llamadas cauponae o tabernae) que ofrecían raciones de jamón, queso, aceitunas y vino. Desde la puerta tenía la opción de tomar un camino por la izquierda que lo llevaba al puerto fluvial de Roma, el llamado Emporium, donde se alzaban los inmensos graneros de la Marmorata.
Al puerto fluvial de Roma llegaban cargamentos de la India y de Arabia tejidos babilonios, adornos de las regiones bárbaras, mármoles griegos y africanos, aceite, vino y garum hispano y, principalmente, toneladas de trigo de Sicilia y de Egipto que se depositaban en los almacenes del puerto. La mayor parte de ese trigo se distribuía después gratuitamente por las panaderías industriales diseminadas por la ciudad para asegurar el pan a los más pobres.
Cerca del puerto ,había numerosos hornos de pan (Forum Pistorium) así como dos grandes mercados: uno de frutas y verduras (Forum Holitorium) y otro de carne (Forum Boarium). Las ánforas en las que llegaban envasados el aceite y el vino, una vez vaciadas se rompían y se tiraban a un depósito al sur del puerto fluvial, que terminó convirtiéndose en una colina artificial de treinta metros de altura y de un kilómetro de circunferencia, conocida hoy como el monte Testaccio.
Si el viajero deseaba evitar el jaleo del puerto, podía desde la puerta Ostiense, emprender la subida al monte Aventino siguiendo el camino denominado vicus portae Radusculanae.
El Aventino era una de las zonas más venerables de Roma. Allí se había alzado la acrópolis desde la que la plebe romana se había enfrentado a los patricios y que había albergado numerosos templos.
Hacia el año 300, éstos se hallaban ya deteriorados, como el templo de Diana y los santuarios de Ceres, Libero y Libera. Cercanos a éstos, en los últimos tiempos habían surgido templos dedicados a dioses orientales, como Júpiter Doliqueno, Mitra e Isis.
Las casas populares que cubrían el monte en tiempos del emperador César Augusto, habían sido sustituídas paulatinamente por refinadas residencias aristocráticas, que gozaban de una ubicación excelente, cercana al centro neurálgico de la ciudad y con vistas incomparables sobre Roma.
No era de extrañar que en un lugar tan privilegiado hubieran tenido su residencia ciudadanos tan nobles como Trajano o Adriano antes de ser nombrados emperadores.
En la ruta hacia el circo Máximo, el camino pasaba por los aledaños de dos termas privadas de lujo, las Suranae y las Decianae, y de las termas públicas construídas por el emperador Caracalla, que podían acoger a 1.600 bañistas por turno y en torno a 8.000 personas al día.
Las termas de Caracalla no eran tan grandes como las establecidas por el emperador Diocleciano al norte de la ciudad, entre los barrios del Quirinal, el Viminal y el Esquilino, pero ofrecían igualmente magníficas piscinas de agua caliente y fría y pórticos y jardines en los que se podían contemplar bellas esculturas y asistir a conciertos y recitales poéticos.
Continuando el paseo hacia el norte se llegaba al circo Máximo, el mayor edificio de espectáculos con el que contó la ciudad, todos los días habia carreras de bigas o cuádrigas y por la noche lugar de encuentro entre sus arcos y bovedas de prostitutas y clientes.
Objeto de continuas restauraciones y ampliaciones hasta dar acogida a nada menos que 385.000 espectadores.
Las representaciones teatrales eran muy seguidas como las que ofrecía el teatro de Marcelo.
Templos de marmol blanco ocupaban el centro de la ciudad, dando cobijo a sus dioses.
Mas de mil fuentes grandes y pequeñas abastecían de agua a los habitantes, agua que era traída por los magníficos acueductos construídos para tal fin.
Junto al foro de la ciudad, se encontraba la carcel marmertina.
Lugar donde habían sido encarcelados personajes tan dispares como Vecingetorix , Pedro el apostol o Pablo de Tarso.
En el centro del foro se situaba la casa de las Vestales que custodiaban la llama sagrada.
Diez días al año, los cuestores de la ciudad pagaban juegos gladiatorios y cacerías (venationes), que tenían lugar en el gran anfiteatro Flavio, el edificio más alto del Imperio jamás construído ,donde anteriormente se encontraba la fabulosa Domus Áurea de Nerón y que dejaba al ciudadano que lo contemplaba por primera vez realmente sorprendido y fascinado al contemplarlo.
Algo asombroso nunca visto antes en ninguna ciudad cubierto de mármol y rodeado de estatuas .
Un anfiteatro situado junto al coloso de Nerón y de ahí que popularmente se le llamara Coliseo.
Treinta y seis arcos triunfales repartidos por la ciudad eran dignos de contemplar.
Desfiles gloriosos era común ver por la vía Sacra.
Escuelas de gladiadores donde aprender el arte del combate, siendo la más importante y de prestijio la del emperador claudio que hizo construír mucho antes de que existiera el fastuoso anfiteatro.
Desde el Coliseo, el viajero se vería sin duda arrastrado hacia la zona de los foros, tanto el de época republicana como los adyacentes construídos por Cayo Julio César, Augusto, Vespasiano, Nerva y Trajano.
Ésta era sin duda la zona más concurrida y bulliciosa de la ciudad.
En el Foro romano, en particular, se podía encontrar todo tipo de personas dedicadas a los oficios más diversos.
En la parte más baja del foro , paseaban las personas honestas y los ricos, y en el centro, los fanfarrones.
Bajo los viejos talleres, estaban los usureros.
En el vicus Tuscus, se encontraba los hombres que comerciaban con su cuerpo.
Por otro lado, Roma estaba llena de lupanares y pequeños establecimientos de comida rápida.
Si querías ir de compras, lo primero que tenías que hacer era cambiar monedas en el puesto de un banquero, que solía encontrarse en el centro de los mercados permanentes (macella). Después, podías adquirir productos de mayor calidad en las tiendas cercanas al Foro o en las instaladas dentro de los mercados de Trajano como ya comentemos antes ; o bien buscarlos a bajo precio en los puestos ambulantes de los mercadillos que se organizaban en los barrios cada nueve días.
Separado del foro de Augusto por un alto muro de piedra que servía también de cortafuegos, se encontraba el barrio de la Subura, famoso como centro de prostitución.
La calle que atravesaba el barrio, el clivus suburanus, era una áspera vía siempre interrumpida por el lento paseo de las recuas de mulas, con el empedrado sucio y mojado por el agua de la fuente de Orfeo.
Más allá de aquella fuente, comenzaba un barrio de fastuosas mansiones dotadas de grandes peristilos internos, como la que habitó Plinio el Joven.
Con la Subura colindaba por el noreste el Sambucus, un barrio popular de callejones tortuosos e irregulares de casas rústicas, dotadas de pequeños postigos, corrales y huertos, donde los vecinos se despertaban cada mañana con el canto de los gallos.
Paseando por aquellos barrios, el viajero podía tener la falsa sensación de estar en un pueblo. Pero si dirigía sus pasos hacia la vía Flaminia, que partía desde el Foro hacia el norte de Roma, encontraría un panorama de grandes bloques de apartamentos (insulae), de entre tres y ocho plantas, eran grandes moles de ladrillo organizadas en torno a un patio de luz interno, con accesos y escaleras colocados en diversos lados y dotados de amplios balcones. En cada esquina del edificio había una fuente y a lo largo de la calle se levantaba un amplio porticado, sobre el que se abrían diferentes negocios en los que vivían hacinados los esclavos que los gestionaban.
Los mejores apartamentos estaban en los pisos bajos, mientras que los más pequeños y peor ventilados ocupaban los pisos más altos.
Pasada la jornada en medio del bullicio de la gente, el ruido de los carros, las continuas y repetitivas cantinelas de los vendedores o los malos olores de las lavanderías y los mercados, llegaba el momento de buscar alojamiento para la noche.
Lo más habitual era alojarse en casa de un ciudadano con el que la familia tenía un pacto de hospitalidad, el cual se demostraba mediante una tessera hospitalis, un objeto, normalmente en bronce, compuesto por dos partes que encajaban entre sí. Según las normas de hospitalidad, el anfitrión debía recibir a su huésped, hacer un sacrificio en su nombre, prepararle un baño, servirle una buena cena, darle conversación, ofrecerle una cama cómoda y colmarlo de regalos a su partida. Pero si no era así, había que conformarse con un camastro en el piso superior de una caupona, un bar normalmente mugriento y oscuro, en donde se daban cita borrachos, jugadores y prostitutas.
Pero no todo lo que reluce es oro, la noche en Roma era muy peligrosa.
Si andabas por la calle era fácil de ser víctima de un robo o asesinado.
Las calles no estaban iluminadas, tan solo alguna antorcha en el foro o el area del palatino lugar donde se encontraba el palacio del emperador.
Varios palacios de mármol con vistas al foro y al circo Máximo.
El Foro era tambien lugar donde ejercer por la noche la prostitución tanto hombres como mujeres.
No todo eran edificios de marmol blanco, columnas y estatuas.
Eso era tan sólo el centro de la urbe.
Todo lo demás eran casas de madera y calles sucias que desprendia mal olor.
Barrios como el trastevere era lugar de chusma como le llamaban a la baja sociedad.
La colina del vaticano era un lugar pantanoso, donde el emperador Nerón había levantado su circo privado.
Grafitis inundaban muchos muros de la ciudad donde se les declaraba amor a los gladiadores.
Las plazas del Foro era lugar de cuchicheos y donde pasear para lucirse ,criticar y ser criticado.
Tiempo atrás era lugar donde se decía de
Julio César : hombre de todas las mujeres y mujer de todos los hombres.
Pero sin duda alguna Roma era Roma y visitarla o vivir alli era el sueño de cualquier ciudadano.
Aunque durante un tiempo la ciudad eterna fuera conocida con el sobrenombre de : La Gran P**a.