01/12/2024
No quiero entrar en polémicas sobre esta diseñadora. Muchos ya dijeron todo lo que se tenía que decir y les doy toda la razón. Así que solo quiero dedicar esta poesía al honor de pueblo shipibo konibo:
Robert Louis Balfour Stevenson:
“De las campanillas del brezo lograron una bebida excelente, mucho más dulce que la miel y más fuerte que el vino.
La elaboraron y bebieron, y vivieron en paz años y años en sus moradas bajo la tierra.
Hubo un rey en Escocia, cruel con sus enemigos. Batió a los pictos en batalla y los cazó como corzos persiguiéndolos millas y millas por la montaña roja. Los cazó mientras huían, cubriendo sus cuerpos enanos, cadáveres y heridos.
Llegó el verano a esas tierras, la campana del brezo estaba roja, pero no quedaba nadie con vida para recordar la receta.
En tumbas, como de niños, los cerveceros del brezo yacían sin vida.
El rey del páramo rojo cabalgaba un día de verano, las abejas zumbaban, y los zarapitos chillaban en el camino.
El rey cabalgaba, iracundo, sombrío su semblante y pálido, por estar en tierra de brezos y no poder gustar su cerveza.
Sucedió que sus vasallos cabalgando por los alrededores, encontraron una piedra caída que escondía unas sabandijas.
Arrancaron de su escondrijo, sin que dijeran una palabra, a un hijo y su padre anciano, los últimos del pueblo enano.
El rey desde su montura contempló a los pequeños hombres, y la pareja de enanos miró a su vez al rey, quien les dijo:
“Os perdonaré la vida, bellacos, por el secreto de la bebida”.
El padre y el hijo contemplaron cielo y tierra, el rojo brezo alrededor, a lo lejos el bramido del mar.
Se levantó el padre y dijo con voz chillona:
“quiero unas palabras en privado, unas palabras con el rey”.
“La vida es cara a los viejos, poco significa el honor, venderé con placer el secreto”, así habló el picto al rey. Su voz era como la de un gorrión, chillona pero muy clara:
“Venderé el secreto, pero temo por mi hijo, a él la vida no le importa, la muerte no asusta a los jóvenes
Y yo no me atrevo a vender mi honor delante de mi hijo.
Llévatelo, oh rey, y átalo y lánzalo a las profundidades, y así podré desvelar el secreto que he prometido guardar”.
Agarraron al hijo y le ataron cuello y talones a una correa y un hombre lo lanzó como una piedra,
Lejos, con fuerza, y el mar se tragó su cuerpo, como el de un niño de diez años.
Y en el acantilado quedó el padre, el último de su pueblo.
“Es verdad lo que os dije, que sólo temía a mi hijo porque dudo que los imberbes tengan coraje.
Pero ahora la tortura es inútil, el fuego será en vano.
En mi pecho morirá el secreto de la heather ale“