09/02/2024
Un valiente y noble adversario
Los entusiastas lectores de la historia de las guerras mundiales saben quién fue Manfred Albrecht Freiherr von Richthofen, pero para el resto de los mortales ese nombre resulta ajeno. La razón es que sus hazañas en los cielos de la Primera Guerra Mundial están emparentadas con su apodo, el de ‘Barón Rojo’.
Manfred von Richthofen nació en Breslavia, que en 1892 pertenecía al Imperio Alemán. Cuando cumplió 11 años papito Richthofen lo obligó a seguir con el designio familiar de unirse a la Escuela Militar Prusiana, esa que ‘convertía a los niños en soldados, sin peros ni condiciones’.
Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, Manfred era teniente del primer regimiento de Ulanos Prusianos, una caballería de carga un tanto anticuada y más propia del siglo XVII. El alto comando lo bajó del caballo, le dio un fusil y lo mando congelarse en una trinchera. Al buen Manfred no le causó ninguna gracia, por ello, cuando buscaban voluntarios para la naciente fuerza aérea no lo dudó. Donde los demás veían una muerte segura, él veía la posibilidad de estar lo más lejos posible del barro.
En la academia apenas fue considerado un mediocre, por ello lo destinaron a vuelos de reconocimiento. Pero un día se vio involucrado en una inesperada batalla y mostró de que estaba hecho. Sus maniobras evasivas, dignas de una exhibición, llamaron la atención del padre de la fuerza aérea alemana Oswald Boelcke. Personalmente lo seleccionó para la élite de la FAA, el escuadrón Jasta 2.
El educado, formal y sumiso Manfred se convertía en un implacable ave de presa cuando se subía al biplano Albatros DII. Llevaba su aeronave hasta límites que ningún otro piloto podía replicar. Sus compañeros de armas solían decir ‘no hay manera de comandar así un avión, lo debe manejar con su espíritu’. Si von Richthofen entraba en batalla los enemigos estaban condenados a caer como moscas. Con esto solo no basta para ganarse el respeto de sus adversarios. Cuando Manfred dañaba un avión enemigo no lo hostigaba para derribarlo, pero si esto ocurría hacía que su escuadrón sobrevolara la zona y arrojaba flores sobre el avión abatido.
Una herida de combate en el cráneo le provocó secuelas motoras. Pocos meses después, y desobedeciendo a sus médicos, volvió a sumarse a la contienda. Lo esperaban en el escuadrón Jagdstaffel 11 Prusiano Real, el primero en utilizar los modernos triplanos Fokker Dr.I. Manfred, como de costumbre, a bordo de su avión rojo bermellón siguió desplegando su valor y arrojo hasta que le llegó la hora.
El 21 de abril de 1918, se vio involucrado en una batalla sobre la comuna francesa de Vaux-sur-Somme. Una ráfaga de artillería desde tierra operada por el ejército australiano hace impacto en su cuerpo provocándole la muerte. El ‘Barón Rojo’ fue enterrado por sus propios enemigos en el lugar donde se estrelló. Los batallones enemigos presentes en el lugar le rindieron un sentido homenaje como si se tratara de un compatriota. Juntaron flores de la zona y lo despidieron con tres salvas. Los enemigos que tanto ansiaban derribarlo colocaron una lápida sobre su tumba que rezaba ‘Aquí yace un valiente, un noble adversario y un verdadero hombre de honor, Que descanse en paz’. El ‘Barón Rojo’ solo tenía 25 años.