01/03/2026
Venezuela no necesita dictadores.
Pero tampoco necesita nuevos dueños.
No toda caída significa liberación.
A veces, una caída solo deja el terreno libre para que otros entren.
La historia enseña algo incómodo:
las potencias no actúan por empatía,
actúan por interés.
Cuando un país se debilita,
no llegan salvadores,
llegan administradores del saqueo.
Venezuela no es codiciada por su gente,
sino por lo que yace bajo su tierra:
petróleo, energía, poder.
La libertad usada como discurso
se vuelve peligrosa
cuando sirve para justificar el control.
No se trata de defender regímenes,
se trata de entender que un pueblo sin soberanía
termina cambiando un yugo
por otro más elegante.
El mundo debería preguntarse:
¿qué vale más, la libertad real
o la libertad que se promete
mientras se firman contratos?
Porque cuando el polvo se asienta
y los discursos callan,
lo único que queda claro
es quién gana,
quién pierde,
y quién nunca importó.