06/02/2026
FIFA = MAFIA
Nos han vendido que este es “nuestro” Mundial. Pero la realidad es clara: el fútbol popular está secuestrado por una corporación autocrática que opera desde Zúrich.
El fútbol nació en las calles, en los barrios obreros, como espacio de resistencia, comunidad e identidad. Hoy esa esencia está siendo privatizada, convertida en plusvalía y espectáculo de lujo. No odiamos el balón. Amamos el fútbol —y lo amamos lo suficiente— como para rescatarlo de sus secuestradores.
La FIFA nunca ha tenido escrúpulos. Validó la dictadura militar argentina de 1978 mientras los vuelos de la muerte despegaban cerca de la ESMA. Guardó silencio cómplice ante la masacre de Tlatelolco en México 69; En 1986, apenas nueve meses después del devastador terremoto de 1985 que dejó miles de mu***os y una ciudad en ruinas, el gobierno del PRI de Miguel de la Madrid priorizó el espectáculo mundialista por encima de la reconstrucción real y la ayuda a la población.
Mientras el Estado brillaba por su ausencia y la gente se organizaba solidariamente entre los escombros, el régimen usó el Mundial como herramienta de propaganda y sportswashing interno. Gastaron millones en estadios mientras la crisis económica ahogaba al país. El propio presidente fue recibido con una monumental rechifla en el Estadio Azteca, expresión clara del hartazgo popular.
La FIFA, por su parte, no dudó en mantener la sede pese a la tragedia, porque el negocio no podía parar. Aquel Mundial, recordado por las genialidades de Maradona, también fue un ejemplo de cómo el poder usa el fútbol para blanquear su incompetencia y represión.
En el siglo XXI vendió Copas del Mundo a monarquías absolutistas construidas sobre los cadáveres de miles de trabajadores migrantes, como en Qatar.
Cada vez que un país es sede, la FIFA impone un Estado de excepción corporativo: exenciones fiscales totales, gentrificación de barrios, desplazamiento de comunidades, criminalización del comercio popular y militarización del espacio público. Los estadios se convierten en burbujas exclusivas para élites globales, mientras el pueblo observa desde lejos o a través de una pantalla que apenas puede pagar.
Expandieron el torneo a 48 equipos y 104 partidos solo para generar más ingresos. El resultado es un torneo diluido, con selecciones de bajo nivel, logística complicada entre tres países y una fiesta popular convertida en negocio.
Los boletos son los más caros de la historia. La final supera los 10,000 dólares en reventa, con casos que llegan al millón. La fase de grupos ya queda fuera del alcance de la mayoría de los aficionados mexicanos. México tuvo la oportunidad histórica de mostrar al mundo la grandeza de Tenochtitlán, su cultura milenaria y la pasión que nace en el barrio. En cambio, recibimos fan zones en el Zócalo y el Azteca abriendo el torneo, mientras la verdadera experiencia queda reservada para turistas de alto poder adquisitivo, influencers y corporativos.
Reportes ya muestran falta de ambiente real, reservaciones hoteleras por debajo de lo esperado en varias sedes de EE.UU. y críticas internacionales por los precios prohibitivos. El supuesto “fútbol para todos” se convirtió en fútbol solo para quien pueda pagarlo.
Feministas AzulCrema
celebramos la pasión de las canchas, el grito de gol y la fiesta popular que une pueblos. Pero no estamos ciegas.
El gobierno de la CDMX y la FIFA practican el mismo lavado violeta y sportswashing. Pintan puentes de morado, llenan la ciudad de ajolotes y discursos de “inclusión”, mientras exigen privilegios fiscales, reprimen protestas feministas y priorizan el negocio sobre la vida de las mujeres.
Clara Brugada usa el color de nuestra lucha contra la violencia machista como mera decoración turística, al mismo tiempo que los feminicidios siguen sin cesar y las marchas son recibidas con granaderos. La FIFA grita “No al racismo” en sus campañas mientras presiona gobiernos para obtener exenciones, impunidad para sus ejecutivos y silencio ante la violencia estructural.
Es el mismo mecanismo: usar símbolos progresistas para blanquear un modelo autoritario y mercantil que convierte el fútbol en escaparate de poder, mientras las mujeres seguimos pagando con nuestros cuerpos la fiesta de unos pocos.
¡No al pinkwashing institucional!
decimos con claridad:
No dejemos de gritar los goles, porque el gol le pertenece al niño que patea una lata en la calle, al obrero del barrio y a la hinchada que hace temblar loscon su voz. Pero despojémonos de la ingenuidad. Cada vez que ruede el balón en estas megaestructuras hipermercantilizadas, denunciemos la tramoya.
Boicot al negocio donde sea posible.
Politizar la tribuna.
Reclamar la propiedad comunitaria del deporte.
Desenmascaremos a la FIFA como lo que es: el brazo estético y lúdico del capitalismo tardío, un aparato de extractivismo, sportswashing y lavado violeta.
¡El fútbol es de los pueblos, no de los tiranos de pantalón largo ni de los gobiernos que nos pintan de morado por fuera y nos dejan sangrando por dentro!
¡El Ritual Del Kaoz sigue en pie!
¡Brigada azul-crema Antifascista !